“Las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real”, afirma Cormac McCarthy. Atormentado por esa premisa, Kader Attia caminó por las vías de circuitos ferroviarios abandonados en Alemania tratando de entender por qué y cómo persisten las heridas. “Desde un paisaje herido en su conjunto, hasta las huellas íntimas que despliega, percibí los gritos silenciosos que lo habitan. Aparecen en la tierra anormalmente ondulada, en los árboles deformes y, sobre todo, en los durmientes de madera del ferrocarril, donde cada grieta, cada herida abierta, interroga la mirada que se detiene allí y pide reparación”. Las vías férreas de los trenes encarnan las heridas que la modernidad ha provocado en su lucha por la conquista de la naturaleza.
“Las cicatrices tienen el extraño poder de recordarnos que nuestro pasado es real”, afirma Cormac McCarthy. Atormentado por esa premisa, Kader Attia caminó por las vías de circuitos ferroviarios abandonados en Alemania tratando de entender por qué y cómo persisten las heridas. “Desde un paisaje herido en su conjunto, hasta las huellas íntimas que despliega, percibí los gritos silenciosos que lo habitan. Aparecen en la tierra anormalmente ondulada, en los árboles deformes y, sobre todo, en los durmientes de madera del ferrocarril, donde cada grieta, cada herida abierta, interroga la mirada que se detiene allí y pide reparación”. Las vías férreas de los trenes encarnan las heridas que la modernidad ha provocado en su lucha por la conquista de la naturaleza.