Vasija de cabeza antropomorfa  | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Vasija de cabeza antropomorfa  | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Vasija de cabeza antropomorfa  | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Vasija de cabeza antropomorfa  | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Vasija de cabeza antropomorfa  | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
Región Valle de México
Período Posclásico tardío
Año 1250-1521 d.C.
Técnica Piedra basáltica tallada y desgastada
Medidas 13.6   x 17.6  x 13.5  cm
Ubicación Piezas de Arte Prehispánico en diálogo
Investigador

Descripción

En las sociedades prehispánicas, la ofrenda era uno de les ejes en los que giraba el ritual. La presentación de una sustancia a los dioses era enmarcada por toda una teatralidad que incluía bailes, acciones, música, atavíos, entre otras cosas. Todo ello debía de realizarse de forma precisa para asegurar la eficacia del rito. En ese sentido, un elemento primordial era aquel objeto que iba a contener lo ofrendado, ya que, en muchas ocasiones, al ser el receptáculo de un elemento divino, debía de tener el poder de albergarlo, controlarlo y, posteriormente, al quedar cargado de energía divina, debía de ser enterrado o destruido. Para que el ritual se cumpliera de forma exitosa, el contenedor se decoraba con símbolos y formas poderosas que le ayudaran en su función. En ese sentido, el cuerpo humano, y en especial la cabeza, eran considerados uno de los receptáculos más eficaces, ya que eran contenedores eficaces de la energía divina y, por ende, en una suerte de magia simpática, donde lo similar afecta a lo similar. Se esperaba que recreando las formas del cuerpo humano los objetos pudieran contener de manera efectiva a la ofrenda.

En este sentido, la pieza 1431 se puede identificar como un vaso con forma de cabeza antropomorfa que tenía la función de ser un contenedor de ofrendas. La pieza es muy sencilla. Posee una base recta que simula el cuello. El cuerpo tiene paredes curvo convergentes que hacen la forma de la cabeza y en el interior, por medio del desgaste, se generó un pequeño contendor cóncavo. Asimismo, en la parte exterior tiene dos prismas rectangulares como agarraderas que simulan las orejas. La del lado derecho tiene una muesca en la parte superior, mientras que la de la izquierda posee dos, una en la parte superior y otra en la inferior.

            Los atributos de esta vasija son pocos, pero significativos. Posee, dos concavidades rectangulares a manera de las cuencas de los ojos, en las cuales se debieron de haber colocado piedras y conchas para sugerir los ojos y darle una mayor expresividad y naturalismo. La nariz es pequeña y con una forma recta. La boca se encuentra entreabierta. Un rasgo muy importante son las orejas, ya que se puede apreciar que las muescas estaban ayudando a configurar la forma base de la oreja típica del Posclásico, similar al corte de un hongo. Así, en la oreja de la derecha, se puede apreciar cómo surge de la muesca superior una línea espiral y, de la inferior, se crea un círculo simulando la orejera. La presencia de este tipo de oreja permite situar temporalmente la pieza dentro del Posclásico tardío y, debido a que se han encontrado figuras semejantes en sitios del dominio mexica, como en Tenayuca (Estado de México) e Izúcar (Puebla) podemos afirmar que la pieza es del valle de México o sus cercanías.

            Igualmente es posible que esta pieza haya perdido, con el paso del tiempo, muchos de los atributos que ostentaba. Hemos comentado que seguramente los ojos contenían conchas y piedras para darle un mayor naturalismo. Asimismo, pudo haber tenido una capa de estuco para definir los rasgos y una línea negra que contorneara las formas, las cuales, tendrían un vivo color. Pero de ello, sólo nos queda la forma base, el recipiente revestido de poder, que no únicamente pudo contener los elementos divinos, sino que también fue capaz de resistir el paso del tiempo.

En las sociedades prehispánicas, la ofrenda era uno de les ejes en los que giraba el ritual. La presentación de una sustancia a los dioses era enmarcada por toda una teatralidad que incluía bailes, acciones, música, atavíos, entre otras cosas. Todo ello debía de realizarse de forma precisa para asegurar la eficacia del rito. En ese sentido, un elemento primordial era aquel objeto que iba a contener lo ofrendado, ya que, en muchas ocasiones, al ser el receptáculo de un elemento divino, debía de tener el poder de albergarlo, controlarlo y, posteriormente, al quedar cargado de energía divina, debía de ser enterrado o destruido. Para que el ritual se cumpliera de forma exitosa, el contenedor se decoraba con símbolos y formas poderosas que le ayudaran en su función. En ese sentido, el cuerpo humano, y en especial la cabeza, eran considerados uno de los receptáculos más eficaces, ya que eran contenedores eficaces de la energía divina y, por ende, en una suerte de magia simpática, donde lo similar afecta a lo similar. Se esperaba que recreando las formas del cuerpo humano los objetos pudieran contener de manera efectiva a la ofrenda.

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