Encumbrado por el coleccionismo regiomontano en los años 1980, Julio Galán (Múzquiz, Coahuila, 1958-Monterrey, Nuevo León, 2006) tuvo una carrera meteórica que se truncó por una muerte inesperada. Volcó en su pintura, que dedicó principalmente al autorretrato, aquella especial sensibilidad para lo equívoco y el relumbrón que caracterizó cierto espíritu de su tiempo; de allí que propiciara una inmediata adhesión por parte tanto del público con alcance internacional como de los artistas neomexicanistas y de la comunidad homosexual. Galán eleva la egolatría y el exhibicionismo al grado de manifiesto estético —por eso se le identifica como émulo directo de Frida Kahlo—: su propia efigie lo motiva a engarzar barrocas ficciones privadas en las que los vericuetos del deseo, la frustración y la culpa; los recuerdos reprimidos de la infancia; las reminiscencias de una educación católica y un gusto confesado por el oropel, encuentran el espejo de su extravagancia en una composición que se engolosina con las estructuras compartimentadas, las frases manuscritas de alusiones sexuales, los vestuarios suntuosos, los cortinajes teatrales y toda una parafernalia de la imaginería popular mexicana con regustos de retablo y cromo de calendario.
En este imponente retrato de china poblana, que por cierto tiene su pareja de charro en otra colección particular, Galán ubica a su sensual modelo en un ambiente burgués del siglo XIX (columnas y sofá de bejuco de época, telón de fondo con trampantojo de paisaje tropical, cojín guadalupano, retacería de papel tapiz) que deja entrever, apenas escamoteado, atrás del colorido sarape de Saltillo, un inminente desenlace que promete la irrupción de fantasías, pulsiones y perversiones anticipadas por las esferas de vidrio transparentes que, como burbujas indómitas, gravitan en torno a la guapa y altiva Elizabeth. La esmerada factura realista, el sentido de la escenografía y del disfraz, así como el recurso ornamental administrado a fuertes dosis, contribuyen a la proyección emocional de esta imagen inquietante y gozosa a la vez.
Texto del libro: Museo Amparo: obras selectas (2008)
Encumbrado por el coleccionismo regiomontano en los años 1980, Julio Galán (Múzquiz, Coahuila, 1958-Monterrey, Nuevo León, 2006) tuvo una carrera meteórica que se truncó por una muerte inesperada. Volcó en su pintura, que dedicó principalmente al autorretrato, aquella especial sensibilidad para lo equívoco y el relumbrón que caracterizó cierto espíritu de su tiempo; de allí que propiciara una inmediata adhesión por parte tanto del público con alcance internacional como de los artistas neomexicanistas y de la comunidad homosexual. Galán eleva la egolatría y el exhibicionismo al grado de manifiesto estético —por eso se le identifica como émulo directo de Frida Kahlo—: su propia efigie lo motiva a engarzar barrocas ficciones privadas en las que los vericuetos del deseo, la frustración y la culpa; los recuerdos reprimidos de la infancia; las reminiscencias de una educación católica y un gusto confesado por el oropel, encuentran el espejo de su extravagancia en una composición que se engolosina con las estructuras compartimentadas, las frases manuscritas de alusiones sexuales, los vestuarios suntuosos, los cortinajes teatrales y toda una parafernalia de la imaginería popular mexicana con regustos de retablo y cromo de calendario.