Vasija efigie tetralobulada | El tiempo en las cosas. Salas de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla
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Región Valle de Acámbaro, Guanajuato /cuenca del lago de Cuitzeo y valle de Morelia, Michoacán
Período Preclásico Fase Chupícuaro tardío
Año 400 – 100 a.C.
Técnica Cerámica modelada, pulida, punzonada, policromada y perforada
Medidas 13.8   x 22.7  cm
Ubicación Piezas de Arte Prehispánico en diálogo
Investigador

Descripción

Los artistas de la cultura Chupícuaro se caracterizan por la producción de sofisticadas vasijas cerámicas de formas compuestas, tanto monocromas como policromadas. La que nos ocupa tiene implícita la representación de una cabeza y es un ejemplo destacado de la maestría y creatividad alcanzadas por esta sociedad.

         El cuerpo o la sección principal de la obra une cuatro volúmenes huecos semiesféricos en un arreglo horizontal; desde una vista superior se aprecia una abertura tetralobulada sin borde, con ligeras variaciones en cada una de las curvas que evidencian una hechura por medio de la técnica del modelado. En una atractiva combinación, la redondez de estos volúmenes contrasta con los tres prismas triangulares que soportan la pieza y están perforados en la vista interna. Otro contraste se halla en el tratamiento de la superficie con motivos bidimensionales geométricos y elementos figurativos resaltados, al igual que con secciones lustrosas y opacas.

         En una elaborada decoración en rojo bruñido, crema y negro se alternan diversas siluetas romboidales y triángulos escalonados, líneas rectas y con triángulos lisos en un lado. Esta apariencia pictórica, que supone más de una entrada al horno, prevalece visualmente sobre un sutil rostro humano con aspecto naturalista y fantástico plasmado en uno de los cuerpos semiesféricos. Tres abultamientos figuran su nariz y la boca entreabierta. Los ojos se pintaron en una posición y forma no realistas a la altura de la boca, como espirales dentro de dos rombos concéntricos, uno zigzagueante y otro aserrado. Estos motivos a su vez quedan confinados dentro de grandes rombos lineales escalonados. Debido a que domina la forma hueca o de recipiente y lo figurativo se supedita al volumen anterior, se le denomina “vasija efigie”.

         En el repertorio iconográfico del arte de esta sociedad del Occidente mesoamericano abundan las vasijas con un rostro humano diseñado mediante sus principales órganos sensoriales: nariz, boca, ojos, orejas-oídos. Se ha interpretado como recreaciones artísticas de cabezas, que en la misma cultura Chupícuaro están atestiguadas por el hallazgo numéricamente significativo de cráneos exentos en el sitio del que hasta la fecha se tienen más resultados en el orden de las investigaciones arqueológicas.

         A raíz de la construcción de la presa Solís en el río Lerma a la altura del pueblo viejo de Chupícuaro, se hicieron excavaciones de salvamento; al examinar los registros de Muriel Noé Porter respecto a la temporada de 1946-1947, se cuentan 391 entierros con restos humanos en la loma El Rayo, un espacio donde se desarrolló un sobresaliente culto mortuorio. Para nuestro tema destaca que entre estos restos se hallaron 63 cráneos —42 de infantes y 21 de adultos— sepultados de modo individual o agrupado. La mayor parte presentaba la mandíbula y las primeras dos vértebras cervicales —el atlas y el axis—, lo que llevó a suponer que fueron cabezas decapitadas; de la menor cantidad, por carecer de estas secciones, se dedujo que fueron removidos de esqueletos y se enterraron de modo secundario.

         En Mesoamérica las cabezas decapitadas suelen asociarse con “trofeos” obtenidos en acciones bélicas, no obstante, para los chupicuareños pudieron tener otras implicaciones rituales, al parecer más en las vías del sacrificio humano y de la veneración religiosa, incluso en estado óseo. Acorde con ello, los cráneos fueron acompañados con ofrendas complejas que indican la enorme importancia que se les atribuía. Como ejemplo, en el Entierro 114 había seis cráneos de infantes junto a seis punzones de hueso, un cráneo cortado, una ocarina cerámica, un collar de cuentas de concha, once esculturas sólidas y ventisiete vasijas cerámicas de distintos tipos.

         En el mismo sitio de El Rayo, pero como como parte de los objetos ofrendados a esqueletos completos, también se registraron lo que Porter consideró veinte “cráneos-trofeo”. Excepto por dos, pertenecían a adultos; algunos fueron recortados horizontalmente para conservar la mitad superior y se perforaron con orificios laterales cerca del borde, tal vez para que pudieran suspenderse, lo cual señala su uso como contenedores y nos remite a la recreación de las cabezas en elaboradas vasijas, como la que vemos.

         Los recipientes con rostros humanos reiteran en una expresión artística la notable valoración ideológica que la sociedad chupicuareña atribuyó a la extremidad superior del cuerpo humano. Estos artefactos asimismo fueron sepultados y dedicados a los muertos; pienso que se les ofreció culto como imágenes sustitutas de las cabezas exentas.

         Un indicio más de la preeminencia de las cabezas lo aportan las esculturas de figuras completas, femeninas casi en su totalidad. En la colección del Museo Amparo hay ejemplares de sus tres modalidades estilísticas, en las que es claro el énfasis de la cabeza, proporcionalmente de gran altura, ornamentada y con alteración tabular en las variantes erecta y oblicua, también registradas en los cráneos excavados en los alrededores de Chupícuaro. Algunos cráneos igualmente se cubrieron de pigmento rojo, por lo que se reconocen semejanzas visuales y funcionales entre las cabezas y sus representaciones en cerámica.

Los artistas de la cultura Chupícuaro se caracterizan por la producción de sofisticadas vasijas cerámicas de formas compuestas, tanto monocromas como policromadas. La que nos ocupa tiene implícita la representación de una cabeza y es un ejemplo destacado de la maestría y creatividad alcanzadas por esta sociedad.

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