Oferente de lo precioso | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Oferente de lo precioso | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Oferente de lo precioso | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Oferente de lo precioso | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Cultura Maya
Período Periodo prehispánico
Técnica

Escultura en piedra verde tallada, incisa y pulida

Medidas 7.3   x 7.2  cm
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 378
Investigador

Descripción

El individuo visto lateralmente en la imagen muestra una actitud de adoración y ostenta una elaborada ornamentación en la cabeza. Está sentado sobre las piernas flexionadas hacia atrás, una sutil línea diagonal en el cuadrilátero irregular que forma la curvatura del tocado indica su espalda inclinada hacia delante, si bien la cabeza se mantiene vertical, mira al frente y abre la boca, como si también se comunicara con palabras, sonidos o exhalaciones. La postura expresa una profunda reverencia que se enfatiza con la mano extendida, en una posición que recuerda el mural de los “Sacerdotes sembradores” de Tepantitla, un conjunto residencial en Teotihuacan, en el que una serie de personajes caminan en procesión y de una de sus manos extendidas se proyectan dos franjas: una hacia arriba compuesta por dos grandes volutas en cuyo contorno hay botones de flores y en el interior se distribuyen conchas, cabezas de animales, manos, círculos concéntricos y elementos vegetales; la segunda franja es rectilínea y descendente, en los lados salen formas foliáceas bicolores, mientras que el borde inferior cuelgan flores; en el interior de estas bandas se observan óvalos que se han interpretado como semillas, de modo que cada individuo elocuentemente provee con sus manos bienes altamente apreciados.

         Igualmente, el ademán plasmado en nuestra obra remite al de aspejar, regar o rociar, muy conocido en el arte maya, que asimismo se presenta como un verbo, chok, en la escritura jeroglífica, al modo de una mano exenta de la que caen pequeñas gotas o semillas. Cuando constituye un ademan, se asocia con figuras de autoridad, pues involucra un ritual propio de la nobleza y los especialistas en lo sagrado, aquellas personas con el poder legítimo para conectarse con lo divino, lo sobrenatural y los antepasados. Un ejemplo lo encontramos en la Estela 40 de Piedras Negras, Guatemala; en donde, de acuerdo con Martha Ilia Nájera, el gobernante Itzam K’an Ahk II abre la tumba de un ancestro, a quien contacta por medio de un ritual en el que de su mano derecha caen bolitas de incienso, las cuales ha extraído del recipiente que sostiene en la otra mano.

         Nuestro personaje manifiesta su alcurnia en la misma materialidad de su imagen; de las piedras verdes-azuladas finas se reconoce su valoración suprema en Mesoamérica como una expresión tangible de lo precioso y sagrado. La ornamentación que porta es congruente con ello; el tocado consta de cuentas circulares y de una sucesión plumas indicadas por medio de líneas cortas y otras largas; como se ha dicho, este tocado se curva hacia abajo para adaptar la composición al contorno ovalado de la piedra; el color de ésta es el de las estimadísimas plumas verdes de los quetzales.

         Luce otra gran cuenta circular como orejera. Estas cuentas  cilíndricas talladas en jadeíta abundan en los atavíos de deidades e individuos de elevada jerarquía mayas, olmecas y otras culturas; su representación esquemática consta de dos o más círculos concéntricos y en náhuatl se denominan chalchihuites; entre sus simbolismos hallamos el de aliento vital, lo que nos remite a la boca entreabierta de nuestro oferente, y también el de líquido sacrificial, que nos lleva directamente al ademán figurado, pues el mencionado ritual de asperjar incluía el rociado de sangre, producto del autosacrificio al punzarse las yemas de los dedos.

         Conjeturamos finalmente la cohesión profunda entre lo figurado y el soporte; estamos ante el retrato de un gobernante como joya, en actitud ritual de ofrecimiento consagrado y de entregarse a sí mismo como materialización de lo precioso. 

 

Verónica Hernández Díaz

El individuo visto lateralmente en la imagen muestra una actitud de adoración y ostenta una elaborada ornamentación en la cabeza. Está sentado sobre las piernas flexionadas hacia atrás, una sutil línea diagonal en el cuadrilátero irregular que forma la curvatura del tocado indica su espalda inclinada hacia delante, si bien la cabeza se mantiene vertical, mira al frente y abre la boca, como si también se comunicara con palabras, sonidos o exhalaciones. La postura expresa una profunda reverencia que se enfatiza con la mano extendida, en una posición que recuerda el mural de los “Sacerdotes sembradores” de Tepantitla, un conjunto residencial en Teotihuacan, en el que una serie de personajes caminan en procesión y de una de sus manos extendidas se proyectan dos franjas: una hacia arriba compuesta por dos grandes volutas en cuyo contorno hay botones de flores y en el interior se distribuyen conchas, cabezas de animales, manos, círculos concéntricos y elementos vegetales; la segunda franja es rectilínea y descendente, en los lados salen formas foliáceas bicolores, mientras que el borde inferior cuelgan flores; en el interior de estas bandas se observan óvalos que se han interpretado como semillas, de modo que cada individuo elocuentemente provee con sus manos bienes altamente apreciados.

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