Vasija con la efigie de un ave | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Cultura Desconocida
Región Desconocida
Período Clásico
Año 300-900 d.C.
Técnica

Barro modelado con decoración pintada (chapopote)

Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1057
Investigador

Descripción

Esta interesante pieza de la colección prehispánica del Museo Amparo es un excelente ejemplo del destino que sufren los objetos arqueológicos cuando se les remueve de sus yacimientos de origen sin poner atención en el lugar y en las condiciones de su hallazgo. Las piezas arqueológicas existen sólo en función de sus contextos de aparición –esto debe quedar claro–, privadas de ellos, ajenas de los escenarios donde fueron encontradas, se reducen a curiosos objetos del pasado, pierden su calidad de vehículos de información, y cuando mucho sólo pueden reclamar para sí mismos las bondades de su ejecución material. Ciertamente muchos de ellos son espléndidas obras de arte, pero desprovistos de los datos inherentes a su descubrimiento, difícilmente pueden trascender a sus propias formas.

Aunque la arqueología se haya originado en el coleccionismo, en las mejores prácticas de los anticuarios, hoy en día es una ciencia compleja provista de métodos y técnicas muy variadas con las que intentamos alcanzar un conocimiento lo más justo posible sobre las civilizaciones del pasado. Cuando estos objetos son arrancados de sus lugares de origen por actividades de saqueo, pierden todo sentido, toda posibilidad de servir como fuente de información. Si además se genera en torno a ellos un circuito de falsificaciones –como es el caso de Veracruz– en realidad será muy poco lo que podamos hacer por conocer algo de la civilización que los produjo.

Nuestra vasija, una olla con la efigie de un ave compuesta por una cabeza de pico poderoso, alas pintadas de rojo y cola, fue modelada probablemente en el Clásico temprano a juzgar por el grueso de las paredes y las características técnicas de la cocción. Fue cubierta por un baño de pintura color café rojizo y pulida en el exterior. Un viejo guion museográfico la hace provenir de la costa del Golfo de México, lo que bien podría ser, sólo que sus litorales se extienden a todo lo largo del país por más de tres mil kilómetros. El mismo guion vuelve a ponerla en Veracruz, en algún lugar de los 745 kilómetros de costa que tiene el estado.

Como resultará evidente y tratándose de una pieza que no ofrece rasgos distintivos susceptibles de comparación, sencillamente no hay forma de establecer su procedencia. A decir verdad, ni siquiera estamos en posición de asegurar que viene del litoral veracruzano. A pesar de tenerla con nosotros no sabemos nada de ella y ha quedado irremediablemente privada de ofrecer algún día datos concretos sobre su pasado.

Esta interesante pieza de la colección prehispánica del Museo Amparo es un excelente ejemplo del destino que sufren los objetos arqueológicos cuando se les remueve de sus yacimientos de origen sin poner atención en el lugar y en las condiciones de su hallazgo. Las piezas arqueológicas existen sólo en función de sus contextos de aparición –esto debe quedar claro–, privadas de ellos, ajenas de los escenarios donde fueron encontradas, se reducen a curiosos objetos del pasado, pierden su calidad de vehículos de información, y cuando mucho sólo pueden reclamar para sí mismos las bondades de su ejecución material. Ciertamente muchos de ellos son espléndidas obras de arte, pero desprovistos de los datos inherentes a su descubrimiento, difícilmente pueden trascender a sus propias formas.

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