Paloma Torres. Horizontes fragmentados

Del 30 de mayo, 2008 al 22 de septiembre, 2008

El trabajo de Paloma Torres se sitúa en un territorio donde se encuentran y solapan la escultura y la arquitectura: entre el monumento y la ciudad, o entre el ornamento y la función. En buena medida, su obra retorna cierta tradición mexicana que ha tenido a acercar ambas disciplinas y hasta confundirlas. Los antecedentes de Juan O’Gorman, Luis Barragán, Mathias Goertiz, Ricardo Regazzoni o Alberto Kalach dan muestra de ello, desde ambos lados de esa frontera intangible que permite convertir una biblioteca en un mural, una pared en monumento o unas torres en íconos urbanos.

Los paisajes metropolitanos de Paloma Torres son síntesis de un momento, extracto de una unidad habitacional en relieve o de un fragmento de ciudad congelado entre cables.

Sus columnas son autónomas, son hitos que se conmemoran así mismas. Son objetos. En arquitectura, lo que cuenta es el espacio que se libera entre columnas. Quizá suceda lo mismo en el bosque. Las columnas son instrumentales y el espacio que definen es el protagonista, es el objeto. Aquí, sin embargo, se invierten los valores, se positivizan las columnas. Toman de la arquitectura su antes y su despuéslas obras en construcción o las ruinas. Varillas abiertas hacia el cielo o deformaciones del prisma platónico son sujetos que paradójicamente no sostienen, pierden su uso para adquirir significado.

La arquitectura no está hecha de espacio y piedra, sino de impresiones. No se construye un edificio sino una idea. La escultura, en cambio, está hecha de materia. De barro que se manosea ―se hace a mano―, se acaricia y se cuece. Y para ambas ―arquitectura y escultura― lo importante no serán ya los espacios sino la atmósfera que generan. Y ahí, en la recreación de la atmósfera urbana, es adonde Paloma Torres nos lleva.


Lucía Alonso Espinosa | Curadora 

Paloma Torres l Artista