El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico
Sangradores | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Sangradores

Cultura Maya
Período Clásico
Año 250-900 d.C.
Técnica

Hueso pulido

Piezas por lote 7
Ubicación A través del ojo de la aguja
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1670 (1, 2, 3, 4, 5, 6 y 8)
Investigador

La morfología de estos objetos encaja con la de los punzones para autosacrificio hallados en los entierros de varias ciudades mayas del periodo Clásico (250-900 d.C.). Por ejemplo, 1670 1-8, 1670 2-8 y 1670 3-8 se asemejan al que se encontró en la cámara funeraria CA1CNI del Edificio E2 o Templo de los Cormoranes de Dzibanché, que perteneció al gobernante Yuknoˀm Joˀm Uhut Chan, ca. 561-572 d.C. (Velásquez García y Balanzario Granados 2024: 811-812); mientras que 1670 4-8, 1670 5-8, 1670 6-8 y 1670 8-8 tienen una curvatura y forma análoga a los que se hallaron en la Tumba II del Templo 23 de Yaxchilán, que pertenece a Itzamnaah Bahlam II (681-742 d.C.), mismos que -se cree- no estaban hechos de hueso, sino de asta de venado (Miller y Martin 2004: 112-113). Los punzones del Templo 23 de Yaxchilán fueron guardados dentro de un bulto que se colocó a los pies del difunto; rematan en sendas cabezas de deidades, que pudieron haber existido también en los cuatro últimos mencionados del Museo Amparo, ya que sus extremos más gruesos son irregulares, lo que sugiere que las testas les fueron arrancadas intencional y violentamente, en un posible acto de iconoclasia prehispánica. Aunque también es probable que hayan terminado en extremos o topes con forma más simple, que jamás adoptaron la apariencia de cabezas de deidades.

Los antiguos mayas llamaron a tales objetos mayij, palabra que significa ‘sangrador’ u ‘ofrendador’, aunque más específicamente mayij baak, ‘ofrendador de hueso’. La variante semicurva de ese tipo de punzones de hueso (1670 4-8, 1670 5-8, 1670 6-8 y 1670 8-8) se asemeja también a las grandes puntas, puyas o espinas con las que terminan las pencas de maguey, que los nahuas llamaban witztli y eran usadas para el mismo fin: perforar algunas partes del cuerpo para derramar y ofrendar sangre a los dioses, por lo común el pene y la lengua de las mujeres en el caso de los mayas clásicos o los muslos y lóbulos de las orejas entre los nahuas. Dichos instrumentos punzantes eran parte de la parafernalia litúrgica y los mayas los guardaban cuidadosamente dentro de cajas de madera conocidas como yotoot mayij, ‘casa de los ofrendadores’ o ‘de los sangradores’, pues consideraban que eran seres vivos y peligrosos, con un alma inteligente. En la iconografía del arte maya los mayij baak no aparecen como simples objetos inertes, sino como entidades vivas que los mayistas llaman “dios perforador”, mismas que tenían una parte luminosa para indicar sacralidad, rematada por una cabeza con ojos y nariz larga cuyo tocado consistía en tres nudos de los que emanaban plumas iridiscentes (Schele y Miller 1986: 176). Dichos “dioses perforadores” o mayij baak compartían morada con otros objetos punzantes usados para el mismo fin: espinas de pez raya (kokan), dientes de tiburón (yej xook), hojas de obsidiana (taaj) o de pedernal (took’). Todos vivían juntos en esas cajas de madera (yotoot mayij, ‘casas de sangradores’), que algunas veces contenían inscripciones y de las que milagrosamente se han preservado tres, debido al clima húmedo y tropical que degrada la materia orgánica: una que procede de la región de Comalcalco (Coe 1974), otra de algún otro lugar de Tabasco (Anaya Hernández, Mathews y Guenter 2003) y la que fue hallada por David Pendergast dentro de la Cueva de Actún Polbiché, Belice. Esta última aún guardaba en su interior una espina de raya, una aguja o alfiler de hueso y una hoja de obsidiana (ver Coe 1974: 51). No obstante, también se han preservado imágenes labradas o pintadas de esas cajas en contextos relacionados con autosacrificio, por ejemplo, en la escena esculpida en el Dintel 43 de Yaxchilán (ver Graham 1979: 3.95), en el lado posterior de la Estela 35 de Yaxchilán (Stuart 2005: 154, nota 46) y en el vaso K2345 (Kerr 1990: 239). La palabra mayij, ‘sangrador’ u ‘ofrendador’, deriva a su vez del sustantivo may, ‘ofrenda’ o ‘sacrificio’, que a su vez formaba parte de los títulos de los sacerdotes supremos mayas yucatecos en tiempos cercanos a la conquista española: ajk’iin may, ‘sacerdote de los sacrificios’ y ajaw kaan may, ‘señor serpiente de los sacrificios’ (Zender 2004: 80-98), quienes posiblemente guardaban en sus enseres litúrgicos objetos semejantes a los del registro 1670 del Museo Amparo.

Como ya vimos que los consideraban seres vivos, si asumimos la hipótesis de que los punzones 1670 4-8, 1670 5-8, 1670 6-8 y 1670 8-8 tuvieron cabezas de deidades que fueron mutiladas, tal acto de vandalismo tendría seguramente el propósito de asesinarlos y liberar sus almas interiores.

Los ritos de autosacrificio ejecutados con este tipo de punzones era sangrías ceremoniales para ofrendar el líquido vital a las deidades o bien, formas de purificación que preceden a ritos de mayor envergadura (Nájera Coronado 1987: 43). Por lo general iban acompañados de ayunos, vigilias, abstinencia sexual, privaciones de varios tipos (ibid.), pintura corporal negra que indica penitencia (Nava Román 2018: 45, 100-102), música monocorde, ingestión de sustancias alcohólicas o psicotrópicas, quema de incienso y otras prácticas ascéticas que conducen al éxtasis (Grube 2001), considerado como un estado de supraconciencia donde los participantes podían acceder a visiones sobrenaturales en medio de las nubes de combustión (Schele y Miller 1986: 175-208).

Muy variadas eran la ocasiones en las que los hombres y mujeres mesoamericanos derramaban voluntariamente su sangre para ofrendarla a los dioses: a la edad de siete años, cuando los hijos de los gobernantes ya habían sobrevivido la peligrosa etapa de la mortandad infantil y eran designados como herederos, como ocurría en Palenque y en Piedras Negras; durante los equinoccios de primavera, como sucedía en Comalcalco; en las ceremonias calendáricas de finales de periodo; o bien, sobre cualquier otro rito de paso de las etapas de la vida, tales como el parto, el matrimonio, el ascenso al poder y los funerales (Nájera Coronado 1987: 46). Tal como explica Martha Ilia Nájaera Coronado (1987: 46-49), la razón para derramar sangre era alimentar a los dioses y, con ello, preservar la existencia del Universo, ya que las deidades no eran omnipotentes y crearon a los seres humanos para que los veneren, adoren, invoquen y sustenten. De tal manera que estos objetos son, en última instancia, utensilios para darles de comer a los dioses.

 

Obras citadas

Anaya Hernández, Armando, Peter L. Mathews y Stanley P. Guenter, “Hallazgo de una caja de madera con inscripciones en Tabasco”, Arqueología Mexicana XI (61) (mayo-junio de 2003): 4-5.

Coe, Michael P., “A Carved Wooden Box from the Classic Maya Civilization”, en Merle Greene Robertson, Primera Mesa Redonda de Palenque, Part III. A Conference on the Art, Iconography, and Dynastic History of Palenque. Palenque, Chiapas, Mexico. December 14-22, 1973, pp. 51-57, Pebble Beach: The Robert Louis Stevenson School, Pre-Columbian Art Research, 1974.

Graham, Ian, Corpus of Maya Hierogliphic Inscriptions, vol. 3, part. 2, Cambridge: Peabody Museum of Archaeology and Ethnology, 1979.

Grube, Nikolai, “Embriaguez y éxtasis”, en Nikolai Grube (ed.), Los mayas. Una civilización milenaria, pp. 294-295, Colonia: Könemann, 2001.

Kerr, Justin, The Maya Vase Book: A Corpus of Rollout Photographs of Maya Vases, vol. 2, Nueva York: Kerr Associates, 1990.

Miller, Mary E. y Simon Martin, Courtly Art of the Ancient Maya, San Francisco: Fine Arts Museum of San Francisco, Thames and Hudson, 2004.

Nájera Coronado, Martha Ilia, El don de la sangre en el equilibrio cósmico. El sacrificio y el autosacrificio sangriento entre los antiguos mayas, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Mayas, 1987.

Nava Román, Rosario, “El color negro y el cuerpo. Usos de la imagen del africano en la sujeción política y religiosa en el siglo XVI”, tesis doctoral, México: Universidad Nacional Autónoma de México, Facultad de Filosofía y Letras, Posgrado en Historia del Arte, 2018.

Schele, Linda y Mary E. Miller, The Blood of Kings. Dynasty and Ritual in Maya Art, Nueva York y Fort Worth: George Braziller, Inc., Kimbell Art Mueum, 1986.

Stuart, David S., The Inscriptions from Temple XIX at Palenque. A Commentary, San Francisco: The Pre-Columbian Art Research Institute, 2005.

Velásquez García, Erik y Sandra Balanzario Granados, “Los gobernantes de la dinastía Kaanuˀl en Dzibanché, Quintana Roo, México”, Ancient Mesoamerica 35 (3) (otoño de 2024): 806-821. Doi: 10.1017/S095653612200027X.

Zender, Marc U., “A Study of Classic Maya Priesthood ”, tesis doctoral, Calgary: University of Calgary, Department of Archaeology, 2004.

La morfología de estos objetos encaja con la de los punzones para autosacrificio hallados en los entierros de varias ciudades mayas del periodo Clásico (250-900 d.C.). Por ejemplo, 1670 1-8, 1670 2-8 y 1670 3-8 se asemejan al que se encontró en la cámara funeraria CA1CNI del Edificio E2 o Templo de los Cormoranes de Dzibanché, que perteneció al gobernante Yuknoˀm Joˀm Uhut Chan, ca. 561-572 d.C. (Velásquez García y Balanzario Granados 2024: 811-812); mientras que 1670 4-8, 1670 5-8, 1670 6-8 y 1670 8-8 tienen una curvatura y forma análoga a los que se hallaron en la Tumba II del Templo 23 de Yaxchilán, que pertenece a Itzamnaah Bahlam II (681-742 d.C.), mismos que -se cree- no estaban hechos de hueso, sino de asta de venado (Miller y Martin 2004: 112-113). Los punzones del Templo 23 de Yaxchilán fueron guardados dentro de un bulto que se colocó a los pies del difunto; rematan en sendas cabezas de deidades, que pudieron haber existido también en los cuatro últimos mencionados del Museo Amparo, ya que sus extremos más gruesos son irregulares, lo que sugiere que las testas les fueron arrancadas intencional y violentamente, en un posible acto de iconoclasia prehispánica. Aunque también es probable que hayan terminado en extremos o topes con forma más simple, que jamás adoptaron la apariencia de cabezas de deidades.

--Vista de salas--

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