El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico
Figura de un perro robusto en actitud de atención | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Figura de un perro robusto en actitud de atención

Cultura Tumbas de tiro
Estilo Comala
Región Colima
Período Preclásico tardío-Clásico temprano
Año 300 a.C.-600 d.C.
Técnica

Barro modelado, inciso y bruñido

Medidas 43   x 26.5  x 47.5  cm
Ubicación Sala 7. La muerte
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1133
Investigador

Las esculturas de perros fueron una compañía común de los muertos en las tumbas de tiro y cámara, donde cumplieron importantes funciones religiosas. El repertorio de sus figuraciones es extenso, en especial respecto a las posturas y actitudes, no así en las representaciones de razas. Sobre este último asunto se advierte que los artistas no necesariamente tuvieron la intención de plasmar biotipos, incluso pueden mostrar elementos fantásticos, pero no dejan de ser testimonios artísticos sobresalientes de la fauna precolombina. La mayoría de los rasgos de la obra que vemos corresponde al famoso y muy peculiar perro pelón mexicano conocido como xoloitzcuintle.

En el México antiguo existieron cuatro razas de perros; de acuerdo con los biólogos Raúl Valadez, Alicia Blanco y Bernardo Rodríguez, el más abundante fue uno de talla mediana, cuerpo esbelto, cabeza alargada, con pelo y de colores variados; en la región maya se identifica uno semejante al anterior, sólo que de rostro corto; uno más también parecido al primero pero de patas cortas se asocia con el Occidente y Centro de Mesoamérica; la cuarta raza es la única que en una variedad carece de pelo o lo tiene muy escaso, el xoloitzcuintle. Al igual que el perro común es de tamaño medio, acaso posee un cráneo con hocico un poco más angosto y menos largo, la ausencia de pelaje se debe a una anomalía genética.

El xoloitzcuintle presenta una segunda variedad con pelo corto y liso. Ambas continúan vigentes en la actualidad; en los perros pelones la piel se ve delgada, suave y arrugada, y pueden resaltar los huesos; en el caso de nuestra escultura las múltiples marcas lineales en la cabeza y el cuello, así como algunas en el cuerpo, figuran arrugas y nos permiten identificarlo como un “xolo”; coinciden asimismo la orejas cóncavas, puntiagudas y levantadas, el cráneo alargado o dolicocéfalo, el pecho ancho, la altura de las extremidades y las dimensiones del resto del cuerpo; de manera decidida se modeló un perro de talla mediana, fuerte, musculoso y de apariencia juvenil.

Los artistas enfatizaron la falta de pelo por medio de protuberancias que indican huesos, sin que ello implique precisión anatómica: los tres abultamientos en el pecho corresponden al esternón y los cuatro sobre el dorso a vértebras de la columna, en la vista de la parte posterior destaca la pelvis como un par de salientes curvos; las líneas incisas en el cuerpo que tocan las protuberancias cónicas señalan costillas. Uno de los rasgos más notables es la boca abierta, que deja ver los dientes, con grandes caninos o colmillos, y confiere al rostro una actitud agresiva. En contraposición con la configuración del resto del animal que corresponde al xoloitzcuintle pelón, la dentadura indica un perro de otra raza o uno de la variedad con pelaje del mismo xoloitzcuintle, cuya dentadura es completa; me inclino por esta última posibilidad.

Los perros pelones tienen menos dientes y más chicos: en lo general se ven espaciados puesto que carecen de caninos y premolares; únicamente las crías presentan todos los dientes, no obstante, la obra en la que nos detenemos muestra un perro adulto. La dentadura “anormal”  de éste, por otro lado, acentuado xoloitzcuintle pelón, evidencia que el fin último no consistió en representar razas, sino que los artistas crearon una realidad que aparenta naturalidad y es coherente con el concepto cultural que se tenía del perro y los propósitos que cumpliría esta obra de arte funerario.

En principio puede deducirse que la escultura de este perro en alerta, fuerte y agresivo aporta un efectivo vigilante y protector del difunto en la tumba de tiro. Si bien, pienso que sobre todo existió la intencionalidad de sintetizar en una sola figura las dos variedades del xoloitzcuintle y plasmar así la dualidad de la misma raza que expone valores simbólicos de una deidad mesoamericana representada como un perro: Xólotl. Entre los mexicas es el gemelo o cuate de Quetzalcóatl, también es el dios de las plantas y animales que crecen dobles; entre sus atributos más conocidos se halla el de guiar a los difuntos en su recorrido por el inframundo.

Las esculturas de perros fueron una compañía común de los muertos en las tumbas de tiro y cámara, donde cumplieron importantes funciones religiosas. El repertorio de sus figuraciones es extenso, en especial respecto a las posturas y actitudes, no así en las representaciones de razas. Sobre este último asunto se advierte que los artistas no necesariamente tuvieron la intención de plasmar biotipos, incluso pueden mostrar elementos fantásticos, pero no dejan de ser testimonios artísticos sobresalientes de la fauna precolombina. La mayoría de los rasgos de la obra que vemos corresponde al famoso y muy peculiar perro pelón mexicano conocido como xoloitzcuintle.

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