Loro | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Loro | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
Cultura Tumbas de tiro
Estilo Comala
Región Colima
Período Preclásico tardío-Clásico temprano
Año 300 a.C.-600 d.C.
Técnica

Barro modelado, inciso y bruñido

Medidas 16.4   x 16.5  x 23  cm
Ubicación Sala 7. La muerte
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 1108
Investigador

Descripción

Es factible pensar que esta escultura, junto con la imagen de un ave que se encuentra en la Sala 4, figuran loros y no guacamayas, dado que éstas tienen la cola mucho más larga, si bien, la que observamos aquí podría ser una guacamaya pues las líneas curvas incisas alrededor de los ojos remiten a la piel desnuda y de apariencia sinuosa de la zona ocular del ave. El plumaje brillante y multicolor de este tipo de aves fue altamente apreciado por los mesoamericanos, no obstante, en este par de obras sobresale que los autores no plasmaron las plumas ni su colorido, a menos de que fuera rojo, sin embargo, en atención a los datos naturales, el plumaje no sería todo de ese color.

De tal modo, los artistas indicaron otros rasgos, como la forma ganchuda del pico, las patas con dos dedos frontales y dos atrás y las alas cortas y redondeadas. Sobre los detalles fisonómicos prevalecen las características principales del estilo Comala: las formas rotundas y la superficie monocroma en rojo y además lisa, pulida y bruñida. En una de las esculturas existe una ligera variación en la coloración del pico, el cual se ve un poco más claro, con cierta tonalidad naranja que no se opone a la apariencia general de monocromía.

Los loros destacan en el repertorio iconográfico de las tumbas de tiro; se encuentran como esculturas de formato mediano, vasijas escultóricas, soportes de cántaros y en la forma de reclinatorios; también se ven parados, por lo común en grupos, en árboles que tienen como base una plataforma circular, sea que dichos árboles hayan sido modelado solos o como parte de escenas rituales en las que participan humanos, o que se desarrollan en espacios con edificios. Tales árboles simbolizan un axis mundi, el eje que comunica los tres niveles básicos del cosmos en un esquema vertical: celeste, terrestre e inframundano; de manera muy clara los loros se asocian con el nivel superior, pues se posan en las ramas altas y en la cima.

Igualmente se advierte así en los casos de las escenas rituales escultóricas que tienen lugar en guachimontones –los complejos de planta circular y concéntrica que constituyen una original creación de la cultura de tumbas de tiro– u otros tipos de construcciones religiosas o quizá también de carácter habitacional. La vinculación con el supramundo resalta porque en estos edificios los loros se ubican siempre en los techos, los cuales son muy altos, del tipo llamado “a cuatro aguas”. Estas imágenes me permiten deducir que los loros están afiliados con el ámbito celeste del cosmos; simultáneamente fueron una insignia de jerarquía elevada al posarse sobre ciertos edificios y al dar forma a los reclinatorios que usarían los dignatarios.

Es muy posible que las plumas de los loros y guacamayas hayan sido empleadas en los tocados de plumas –modeladas como elementos alargados– que portan los personajes principales en ceremonias religiosas, como la del “volador” que asciende y desciende por un poste –el axis mundi– y en aquellas que tenían lugar en los guachimontones. En el contexto mesoamericano la relación de los loros con el ámbito celeste concierne en particular al Sol y a Venus; sus hábitos dan la pauta para entender este enlace.

La ornitóloga Lourdes Navarijo menciona que las parvadas de loros presentan dos picos de actividad claramente diferenciados, uno por la mañana justo antes de la salida del sol, que es cuando empiezan su vuelo desde sus territorios de reposo hacia los terrenos de alimentación; el segundo se produce cuando al atardecer las aves regresan al lugar de descanso para pasar la noche. De tal manera, preceden al sol tanto en su camino diurno como cuando va a ocultarse en su recorrido nocturno, por tanto, el loro se equipara con el planeta Venus. Muy probablemente se reconocieron como seres que comunicaban los niveles terrestres y supramundano, en los cuales transitan, y además como mensajeros entre los dioses celestes y los humanos, en razón de su reconocida capacidad de voz y de canto.

Es factible pensar que esta escultura, junto con la imagen de un ave que se encuentra en la Sala 4, figuran loros y no guacamayas, dado que éstas tienen la cola mucho más larga, si bien, la que observamos aquí podría ser una guacamaya pues las líneas curvas incisas alrededor de los ojos remiten a la piel desnuda y de apariencia sinuosa de la zona ocular del ave. El plumaje brillante y multicolor de este tipo de aves fue altamente apreciado por los mesoamericanos, no obstante, en este par de obras sobresale que los autores no plasmaron las plumas ni su colorido, a menos de que fuera rojo, sin embargo, en atención a los datos naturales, el plumaje no sería todo de ese color.

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