Joya colgante caniforme | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Cultura Desconocida
Región Desconocida
Período Desconocido
Técnica

Escultura en piedra tallada, punzonada, incisa, perforada, pulida y bruñida

Medidas

Largo: 5.80 cm

Medidas 3.7   x 2.2  cm
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 972
Investigador

Descripción

En las conceptualizaciones mesoamericanas encontramos confluencias simbólicas acuáticas entre la materialidad y la forma de esta obra. Es un diminuto cuadrúpedo esculpido en piedra verde claro con vetas amarillentas; la cabeza girada hacia un lado y arriba, el hocico entreabierto –con incisiones que detallan los dientes-, el torso rechoncho, las patas torneadas y la cola elevada lo plasman en un estilo naturalista y actitud dinámica; las horadaciones en los ojos bien pudieron tener incrustaciones que enfatizarían su vitalidad. La cola corta y la ausencia de colmillos lo alejan de un felino y lo muestran más cercano a un perro semejante al tlalchichi, un término que se traduce como “perro de tierra” y refiere un animal robusto, chaparro o de patas cortas y con pelaje; según los estudios de Raúl Valadez es el probable ancestro del actual chihuahueño y, a diferencia del xoloitzcuintle, su dentadura era pareja, tal como la vemos en nuestra obra.

         La mitología verbal y plástica asociada al perro lo presenta como acompañante y guía de los difuntos en su travesía por los ríos subterráneos; otra de sus funciones era la de custodiar o transportar al Sol en su recorrido diario por la noche a través del océano inframundano, por tanto, es un animal estrechamente vinculado con el estrato inferior de la estructura del cosmos. Además de ser el espacio de los muertos y ancestros, en este nivel se halla la génesis del universo; entre otras características, se pensaba como un lugar acuoso, nocturno, frío y femenino, con poderes ligados a la sexualidad y fertilidad. El nexo con los canes no es aleatorio, pues son fieles compañeros de los humanos, poseen hábitos nocturnos, acentuada sexualidad y fertilidad, y además son hábiles nadadores.

         La etología del perro se impregnó culturalmente de valores sobrenaturales, que en este caso guardan una coherencia destacada con la piedra en la que se talló su imagen, una profundamente apreciada por los mesoamericanos.

         En principio, se consideraba “preciosa”, calificación que rebasa lo geológico, pues de acuerdo con documentos etnohistóricos de los nahuas del centro de México, la categoría de las piedras preciosas incluía conchas, caracoles y perlas; Lizandra Espinosa atribuye esa taxonomía a que los yacimientos minerales, usualmente ubicados en cuevas y cerros, estaban en contacto directo con el referido submundo marítimo.

         Entre las rocas preciosas se encuentran la turquesa, el ámbar y la obsidiana, si bien, las de mayor valoración eran las de color verde en sus distintas tonalidades; en náhuatl se denominan chalchihuites a las mismas piedras verdes y a las cuentas hechas con ellas. Simbolizaban la vitalidad, el aliento, lo frío, la fertilidad, lo húmedo, lo acuático e incluso el mundo debajo de la tierra que, como se ha dicho, estaba lleno de agua. Su poder se manifestaba agencilmente, pues en la boca de los difuntos solía colocarse una cuenta o piedrita verde donde se alojaba el último aliento vital del individuo; asimismo, las imágenes escultóricas con horadaciones en el pecho o parte frontal del torso se activaban cuando se les colocaban piedras verdes, a la manera de corazones que insuflaban de vida y capacidad de acción a las representaciones.

         Conjeturamos que su conexión con las cualidades atribuidas al inframundo es intrínseca, al igual que los canes y sus imágenes. En el caso de la obra de formato pequeño que nos ocupa, conviene reiterar el carácter “precioso” de las piedras verdes, en sentidos metafóricos y tangibles de lo más valioso, lujoso, caro, exclusivo, exiguo, sagrado y divino, debido a que nuestro perrito tiene el diseño de una joya colgante, con dos perforaciones.

         Una atraviesa transversalmente el cuello del animal y la segunda pasa por debajo de la cola, de modo que una abertura simula un orificio anal. Su portador ostentaría un ornamento con potencial de agencia acorde con los simbolismos enunciados.

Verónica Hernández Díaz

En las conceptualizaciones mesoamericanas encontramos confluencias simbólicas acuáticas entre la materialidad y la forma de esta obra. Es un diminuto cuadrúpedo esculpido en piedra verde claro con vetas amarillentas; la cabeza girada hacia un lado y arriba, el hocico entreabierto –con incisiones que detallan los dientes-, el torso rechoncho, las patas torneadas y la cola elevada lo plasman en un estilo naturalista y actitud dinámica; las horadaciones en los ojos bien pudieron tener incrustaciones que enfatizarían su vitalidad. La cola corta y la ausencia de colmillos lo alejan de un felino y lo muestran más cercano a un perro semejante al tlalchichi, un término que se traduce como “perro de tierra” y refiere un animal robusto, chaparro o de patas cortas y con pelaje; según los estudios de Raúl Valadez es el probable ancestro del actual chihuahueño y, a diferencia del xoloitzcuintle, su dentadura era pareja, tal como la vemos en nuestra obra.

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