El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico
Humano con ojos de concha | El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico | Museo Amparo, Puebla
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Humano con ojos de concha

Cultura Occidente de México
Estilo Mezcala
Región Occidente de México
Período Preclásico tardío-Clásico tardío
Año 500 a.C.-900 d.C.
Técnica

Escultura en piedra verde tallada, pulida y con aplicaciones de concha

Medidas 27.3   x 6.3  cm
Ubicación Bóveda Prehispánico
No. registro 52 22 MA FA 57PJ 444
Investigador

En Mesoamérica destaca una milenaria tradición artística lapidaria que plasmó imágenes humanas a partir de piedras de volúmenes compactos denominadas de modo convencional “hachas”; así lo atestigua, inicialmente, una gran cantidad de obras del estilo olmeca. La región de Guerrero, con abundancia en recursos mineros y especialistas talladores de piedras finas, intervino con plenitud en dicha tradición desde entonces; sitios como Teopantecuanitlán, Juxtlahuaca y Oxtotitlán evidencian su importante participación en la extensa red de sociedades que configuró una ideología expresada artísticamente en el sistema de formas y repertorio iconográfico distintivos del fenómeno olmeca.

         Ya durante el Preclásico tardío, en el territorio guerrerense se gestó un nuevo estilo, con una iconografía distinta, en el enigmático desarrollo conocido como Mezcala. Tal es el nombre de una población en el municipio Eduardo Neri en el centro del estado, con el cual también se conoce en la misma zona al río Balsas. Al artista e historiador del arte Miguel Covarrubias le debemos su identificación; la descripción de esta clase de objetos que publica en la década de 1940 nos acerca con precisión a los rasgos de la escultura que vemos: “Son por lo general muy esquemáticos y estilizados, con un carácter vigoroso que los hace inconfundibles a pesar de su mecanismo técnico. Están hechos sobre la base de una forma de hacha con cortes y planos arreglados de una manera simétrica con los rasgos apenas sugeridos”. Igualmente penetramos en la apariencia de la obra mediante lo que este autor señala al distinguir tres modalidades del estilo Mezcala; de la que ha recibido la misma denominación Covarrubias dice que “consiste en figuras aplanadas o claramente derivadas de un hacha petaloide, de formas más sutiles y complejas: masas o planos separados por ranuras o filo, con la cabeza estrecha, orejas de placa, mandíbulas anchas, con los rasgos de la cara extremadamente simplificas, hechos con canales o planos que definen los arcos supraorbitorios, el filo de la nariz y la boca. Generalmente carecen de ojos o están indicados por un punto”.

         Nuestra obra en piedra verde presenta como ojos un par de aplicaciones de concha blanquecina que relativamente disminuyen la radical abstracción de la imagen humana de cuerpo completo. Además de considerar como una estrategia figurativa la adhesión de un material cuyo color contrasta con el del soporte, es apropiado mencionar que entre estos dos tipos de materiales existió una asociación conceptual que nos acerca a las peculiaridades de la cosmovisión de los mesoamericanos, obviamente con criterios distintos a los de las sociedades llamadas “occidentales”. En esta vía, los documentos etnohistóricos nos aportan testimonios valiosos; a partir de ellos se sabe que en la taxonomía de los nahuas del Centro de México, por lo que toca al Posclásico tardío y la etapa colonial temprana, las “piedras preciosas” constituían una categoría que rebasaba las rocas y que acaso esté implícita en el arte de los mezcalenses.

         Con base en el Códice florentino Marc Thouvenot y Lizandra Espinosa Ramírez han destacado que el concepto “piedra preciosa” era amplio y además de las piedras verdes, la turquesa, el ámbar y la obsidiana –entre otras-, incluía conchas, caracoles y perlas. Según esta investigadora, la explicación reside en su origen en ámbitos acuáticos, en tanto que las cuevas y los cerros en donde se encuentran los yacimientos minerales, tenían contacto directo con el estrato inframundano, mismo que se concebía como un inmenso océano. Los sabios nahuas que colaboraron con renombrado fray Bernardino de Sahagún en la elaboración del florentino, expresaron tales ideas tanto en el texto en náhuatl como en las imágenes pictográficas que ilustran el capítulo octavo del libro XI del códice. Asimismo, se ocuparon de diferenciarlas de las “piedras comunes”, abundantes y sin cualidades referentes al color, el brillo, la transparencia, dureza y disponibilidad limitada propias de las “preciosas”.

         Espinosa detecta que la brillantez era otra cualidad que unificaba las especies malacológicas univalvas y bivalvas con las piedras finas; en dicho códice se alude como “estar cebado” o “algo grasoso”; según la autora se trata de una “sebocidad parecida a la grasa que emana del tuétano de un hueso, es propiedad que recubre y se asemeja a un barniz y es posible abrillantar”.  En el caso de las conchas y los caracoles la superficie brillante puede ser externa o interna; como se sabe, algunas, como el Spondylus prínceps tienen una cubierta rugosa, mientras que el interior está barnizado naturalmente.

         La magistral ejecución de la figura humana que nos ocupa ostenta la intención de sintetizar al extremo los rasgos anatómicos. Entre el diverso mosaico de estilos artísticos en Mesoamérica, el Mezcala descuella como el más abstracto, adjetivo que no se opone del todo a la representación icónica del mundo visible, sino que concierne, de acuerdo con la etimología del término, a una operación intelectual para separar un rasgo o una cualidad esencial de algo. La polisemia del arte indígena impone atender las formas en asociación con los simbolismos que culturalmente le fueron asignados; subrayo que lo formal trasciende la apariencia y constituye una estructura sensible en la que se entretejen materias, procesos creativos, técnicas, tecnologías, usos, contextos e ideologías.

En Mesoamérica destaca una milenaria tradición artística lapidaria que plasmó imágenes humanas a partir de piedras de volúmenes compactos denominadas de modo convencional “hachas”; así lo atestigua, inicialmente, una gran cantidad de obras del estilo olmeca. La región de Guerrero, con abundancia en recursos mineros y especialistas talladores de piedras finas, intervino con plenitud en dicha tradición desde entonces; sitios como Teopantecuanitlán, Juxtlahuaca y Oxtotitlán evidencian su importante participación en la extensa red de sociedades que configuró una ideología expresada artísticamente en el sistema de formas y repertorio iconográfico distintivos del fenómeno olmeca.

Obras de la sala

El México antiguo. Salas de Arte Prehispánico