Salas de Arte Virreinal y Siglo XIX
Cristo crucificado | Salas de Arte Virreinal y Siglo XIX | Museo Amparo, Puebla
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Anónimo

Cristo crucificado

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Período 3 Finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX
Período 4 Finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX
Técnica Madera tallada y policromada 
No. registro VS.ES.032
Período Finales del siglo XVIII o principios del siglo XIX
Medidas 156   x 96  x 22  cm
Investigador

En esta representación vemos a Cristo durante la Pasión, todavía con vida y sufriendo el martirio en la cruz, tal como se describe en los Evangelios. Es importante destacar que en las Sagradas Escrituras no se proporcionan datos a detalle sobre las características fisonómicas del Redentor ni sobre su crucifixión. Sin embargo, tal como lo menciona Leonor Labastida: “la creación posterior de una imagen física de Cristo y su aspecto en la cruz, está basada en deducciones antropológicas, hechos históricos, imágenes tardías de atribución divina, literatura y supuestas visiones sagradas”. [1]

Para dicha representación, los artistas han recurrido a otras fuentes literarias como por ejemplo los textos de Pseudo Buenaventura y las visiones místicas de Santa Brígida. Algunos elementos iconográficos se han ido incorporando en las distintas tradiciones artísticas creando modelos específicos sobre este tema.

En esta imagen de Cristo el Salvador se sujeta a la cruz por tres clavos [2]  en forma de diamantes. El pie derecho está sobre el izquierdo atravesado con un solo clavo, siguiendo la modalidad que triunfó en Europa a partir del siglo XIII y que se usó en la mayoría de los crucificados coloniales. [3] El cuerpo tiene una postura simétrica con la cintura ligeramente flexionada a la derecha. Las piernas están juntas con las rodillas un poco dobladas hacia el frente. La cabeza está inclinada a su lado derecho con los músculos del cuello en tensión. Esta posición del cuerpo le da a la escultura movimiento y contra peso respecto a la inclinación de la cabeza, permitiendo cierta ligereza al conjunto.

En el trabajo escultórico notamos un interés por representar el suplicio de Cristo siguiendo criterios estéticos. Es decir, además de ser una pieza devocional, la talla está realizada según ciertos cánones artísticos en su composición, proporción, volumen y expresividad. Así mismo, se reconoce el grado y avance técnico del escultor.

En el tórax se marcan las costillas y el esternón, mientras el abdomen se contrae. No está la herida del costado derecho, lo que refiere que Cristo está representado en algún momento antes de su muerte, y durante su agonía. Es palpable una intención por mostrar la anatomía y la proporción de manera “naturalista”. Los músculos están señalados en el cuello, los brazos y las piernas. Sin embargo los antebrazos no corresponden con la proporción del resto del cuerpo. Las manos están hechas de manera tosca, los dedos son gruesos y carecen de la flexibilidad natural. Esto nos indica que los antebrazos y manos no sean parte original de la figura, y probablemente añadidos en una intervención posterior.

Los ojos son de vidrio, están entre abiertos y miran al frente. La nariz es larga y recta. La boca está ligeramente abierta y deja ver parte de los dientes superiores y de la lengua. Tiene contraído el ceño, la expresión es de dolor. El crucificado mira fijamente al espectador y parece que está a punto de decirle algo. El efectivismo de este tipo de imágenes religiosas radica en el contacto directo que hacen con el devoto, con la intención de provocarle un estado de constricción, meditación piadosa o compasión.[4]

El cabello, barba y bigote son oscuros y están trabajados con detalle. El primero está dividido con raya al centro dejando la frente despejada. Un mechón ondulado cae sobre su hombro derecho. Se alcanza a ver parte de su oreja izquierda y de los rizos que caen por detrás de la cabeza. Este tipo de disposición del cabello es recurrente en varias representaciones españolas con sus variaciones peculiares en cada escultura. No tiene corona de espinas, muy probablemente estaba sobrepuesta a la figura. Algunas gotas de sangre en la frente pueden tomarse como indicios del lugar donde ésta se ceñía.

El cendal está entrecruzado en la parte frontal y hace una diagonal hacia su lado derecho donde está anudado y cae parte del lienzo detrás de la pierna. Los pliegues simulan la ligereza del textil.

Esta particular disposición del crucificado corresponde a un modelo difundido en España, tanto en la escultura como en la pintura, principalmente en el siglo XVIII. Por sus características estilísticas, esta talla podría fecharse a finales del siglo XVIII o principios de la siguiente centuria. Llama la atención que se evita una exageración en los gestos, ya que más bien muestra una sencillez en las formas y en el color. Así mismo, la sangre es apenas perceptible, hay escasas gotas en algunas partes del rostro y el cuerpo. No tiene heridas evidentes.

La cruz parece ser de manufactura más reciente, tal vez del siglo XX. Es muy posible que en algún momento se cambió la original por ésta. La cruz es plana y los brazos del travesaño o patibulum, al igual que la parte superior del stipes, terminan en forma triangular. Carece de la inscripción INRI.

Es de destacar la calidad del trabajo conocido como taraceado, técnica de carpintería fina que procede del Medio Oriente y que fue introducida a España por los árabes y de la península ibérica fue trasladada a América. En Puebla, Querétaro y Michoacán, todavía se siguen haciendo estos trabajos. Esta técnica es usada principalmente para hacer muebles y baúles, consiste en incrustar pequeñas laminillas de distintas maderas y otros materiales, como el hueso, marfil, la concha y el carey a manera de mosaico para formar un diseño geométrico.

Esta escultura es de formato mediano, por sus dimensiones se infiere que estuviera en una capilla, tal vez en ámbito doméstico o para culto restringido. Su estado de conservación en general es bueno, la policromía está completa. Tiene algunas raspaduras en la parte frontal del tórax que dejan ver la capa de preparación. No obstante, el color de la piel es demasiado plano, no tiene degradaciones ni matices. Las cejas están pintadas con descuido en color café oscuro lo que nos hace suponer que la policromía también fue intervenida. Habría que hacer una observación más detallada, así como análisis científicos para valorar las modificaciones que ha tenido a través de su historia.

 

[1] Leonor Labastida Vargas, La imagen del crucificado en la Ciudad de México durante el virreinato. Una tipología singular, México, Tesis: (Maestra en Historia del Arte) FFyL, UNAM, 2008.

[2] Otro asunto es el de la fijación de los pies que dio lugar a larguísimas disquisiciones acerca si se hizo mediante uno o dos clavos. Molano, luego Pacheco y más tarde Interián de Ayala insisten en largas consideraciones que Jesús fue inmovilizado en la cruz mediante cuatro clavos y no con tres. Pacheco se apoya en la opinión de algunos de los Santos Padres, en las pinturas de los “griegos” y, también, en la de ciertos “modernos”, como Roberto Belarmino. Recuerda, además, las imágenes escultóricas cuya “venerable antigüedad” sería una prueba más de la veracidad de dicha iconografía. Interián sigue los mismos derroteros críticos y agrega que el uso de los clavos en cada uno de los pies se apoya en la experiencia y en las Escrituras, pues era imposible taladrar ambos pies con un solo clavo, sin romper los huesos y no sería verdad lo que nos dijo el Profeta: “no le quebrareis ningún hueso”. Héctor H. Schenone, Iconografía del arte colonial. Jesucristo,Buenos Aires, Fundación Tarea, 1998, p. 281.

[3] Schenone, op. cit., p. 282.

[4] Según Dionisio el Areopagita, el mundo de los sentidos refleja el mundo del espíritu. La contemplación del mundo de los sentidos sirve de medio para elevar al ser humano al mundo del espíritu. Freedberg, David, El poder de las imágenes. Estudios sobre la historia y la teoría de la respuesta, Cátedra, Madrid, 1992, pp. 198-199.

 

 

Fuentes:

Aguilera, Carmen, et al. , El mueble mexicano: Historia, evolución e influencias, México, Fomento Cultural Banamex, 1985.

Camón Aznar, José, La Pasión de Cristo en el arte español, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1949.

Catálogo Nacional de Escultura Novohispana, México, IIE, UNAM-INAH.

Labastida Vargas, Leonor, La imagen del crucificado en la Ciudad de México durante el virreinato. Una tipología singular, México, Tesis: (Maestra en Historia del Arte) FFyL, UNAM, 2008.

Maquivar, María del Consuelo, El imaginero novohispano y su obra, México, INAH, 1999.

Moreno Villa, José, La escultura mexicana, Fondo de Cultura Económica, 1986.

Robin Pare, Alena Lucia, Devoción y patrocinio: el Vía Crucis en Nueva España, México, Tesis: (Doctora en Historia del Arte) FFyL, UNAM, 2007.

Schenone, Héctor H., Iconografía del arte colonial. Jesucristo, Buenos Aires, Fundación Tarea, 1998.

En esta representación vemos a Cristo durante la Pasión, todavía con vida y sufriendo el martirio en la cruz, tal como se describe en los Evangelios. Es importante destacar que en las Sagradas Escrituras no se proporcionan datos a detalle sobre las características fisonómicas del Redentor ni sobre su crucifixión. Sin embargo, tal como lo menciona Leonor Labastida: “la creación posterior de una imagen física de Cristo y su aspecto en la cruz, está basada en deducciones antropológicas, hechos históricos, imágenes tardías de atribución divina, literatura y supuestas visiones sagradas”. [1]

Obras de la sala

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