El actual territorio mexicano posee un extenso litoral que supera los 11,000 km., en el se encuentran arrecifes de coral tanto en la costa del Pacífico, el Golfo de México, así como en el Caribe también llamado “arrecife mesoamericano”, este último es el más grande del país y el segundo del planeta.
En el mundo prehispánico la extracción de corales o la colecta de estos en la costa era una práctica frecuente. Gracias a los registros arqueológicos podemos reconocer que su consumo se vinculó de manera significativa con la ritualidad, como se aprecia en las ofrendas del Templo Mayor de Tenochtitlan, donde su presencia refiere al espacio telúrico y acuoso del inframundo. Asimismo, su cortado, tallado y pulimiento convertía a los pólipos (animales marinos invertebrados) en objetos suntuarios portados por gobernantes o grupos pertenecientes a las élites.
En este contexto es que se encuentra nuestro artefacto, un fragmento de coral tubular que presenta una ligera curvatura. Se distingue en ambos lados su ahuecamiento donde posiblemente pasaba el hilo y se integraba a otros objetos (cuentas circulares o tubulares) para conformar un sartal.
Como joya su aparición es frecuente en las iconografías y depósitos funerarios de tradición maya, como se aprecia en estelas donde dirigentes los portan y, con base en los estudios especializados su significado hacia el mundo femenino y por tanto de fecundidad era esencial.
Gracias a los trabajos llevados a cabo por Alfonso Caso en 1932, se documentó en la tumba 7 de Monte Albán un pectoral conformado por conchas y corales correspondiente a nobles mixtecos, depositados en un antiguo mausoleo zapoteco. Es factible suponer que la extracción de la materia prima haya sido de la costa pacífica, no obstante, lo que ejemplifica es el gran valor que tenían estos organismos para diferentes pueblos y cronologías en el amplio devenir histórico de Mesoamérica.