Durante la última etapa del Preclásico, el valle poblano-tlaxcalteca incrementó su densidad poblacional, resultado de la optimización del manejo del agua y el fortalecimiento de la agricultura intensiva. Las aldeas y los incipientes asentamientos comenzaron a crecer, mientras que los sitios de mayor tamaño consolidaron su poder, algunos de ellos, conservándolo varios siglos después (Cholula, Xochitécatl, Cantona).
La presencia de volcanes como es la Malinche, el Iztaccíhuatl o el Popocatépetl le otorgaron al valle caudalosos ríos y bancos de arcilla de buena calidad, que fueron aprovechados por sus habitantes durante varios siglos, que generó una tradición alfarera que se extendió hasta principios del siglo XX.
Las planicies existentes entre las elevaciones, permitió que diversas localidades generaran vínculos tanto de carácter comercial, como seguramente político o religioso. Este contacto se refleja, por ejemplo, en la cerámica a través de afinidades en forma y/o uso.
Uno de estos fueron los cajetes de silueta compuesta como el que se observa en las imágenes, el cual posee una base convexa y un borde biselado. Aunque tiene una capa de arena adherida, posiblemente por el contexto en el que fue depositado, se aprecia un acabado de superficie con un pulimiento medio y homogéneo. Al rodear la pieza se distingue su manufactura modelada, debido a lo irregular tanto del borde, como del cuerpo.
Lo que más llama la atención de la pieza es lo que contiene, pues al mirar el interior se distingue una concreción roja que abarca la mitad del cajete. Posiblemente sea la combinación de arcilla con hematita, mineral comúnmente utilizado por las sociedades prehispánicas en diferentes espacios y superficies. Es importante señalar que en diferentes momentos la mezcla antes citada se aplicaba a las terracotas como engobe previo a su cocción, práctica que prevaleció hasta ya entrado el siglo XVI.
El rojo para los antiguos pobladores de México, tuvo diversos valores, pero cercanos entre ellos. Posiblemente el más representativo es su vínculo con la sangre, la luz solar y por tanto con el fuego, todos atributos indispensables para la existencia y continuidad de la especie humana.