El arte textil alcanzó una gran complejidad en Mesoamérica, utilizando corteza de amate (varias especies del género Ficus), como también fibras de maguey (distintas especies del género Agave), ixtle (materiales que proceden de agaves o yucas), henequén (Agave fourcroydes) o algodón (Gossypium hirsutum) para crear hilos, telas y prendas de vestir, así como plumas de diversas aves para decorarlas. Mientras que las fibras de amate normalmente se restringieron a vestimentas rituales, las de agave eran ásperas y se reservaban para gente humilde, quedando las mantas de algodón como artículo muy preciado de intercambio y de tributo.
El primer paso en ese proceso consistía en hilar las fibras de algodón, estirándolas y torciéndolas a mano alrededor de un huso, para que se unan y se formen los hilos. Los husos giraban manualmente apoyados en un verticilo, malacate o volante de huso.
Luego de eso, los hilos se disponían, tensaban, ordenaban, organizaban y preparaban en el telar de cintura para formar la urdidumbre (base del tejido), entrelazándolos con otros hilos (la trama) para tejer la tela. En esta fase del proceso se utilizaban diversas herramientas, entre ellas punzones de hueso para separar los hilos de la urdidumbre, que algunos autores llaman “agujas de tejer” (Helmke et al., 2024): puhtz’ baak en maya jeroglífico; púutz’ baak en maya yucateco o witzomitl en náhuatl. La morfología de estos objetos es de punzones esbeltos, sin ojo y de gran tamaño, que tienen una punta y un tope o cabeza de deidad en el otro extremo, para que no se salga el hilo. Podían estar hechos de huesos de distintos animales y, en el caso de los mayas, a veces contienen inscripciones jeroglíficas autorreferenciales, que indican a quién pertenecieron. En dichos textos a veces se llaman puhtz’ baak, ‘aguja’ o ‘alfiler de hueso’, aunque en ocasiones simplemente se les designa con la palabra baak, ‘hueso, alesna’ o ‘punzón’ (Helmke et al. 2024: 4), práctica semejante a la de los nahuas, donde la palabra omitl puede tener esos mismos tres significados (Karttunen 1992: 179).
Una vez que las telas estaban hechas, se podían coser, es decir unir, ensamblar o remendar usando agujas e hilo. Las agujas para coser normalmente también eran de hueso, aunque eran más pequeñas que los punzones, agujas o alfileres anteriores y contaban con un ojo. De ese tipo de agujas es este objeto, mismo que termina en dos puntas: una en cada extremo. Es probable que la razón para tener dos puntas reside en que una servía para coser, mientras que la otra operaba como alesna que perforaba materiales compactos o resistentes para abrir paso al hilo. Tal como se aprecia en la lámina 2b y c del Códice de Dresde, el hilo iba ensartado en el ojo. En dichos pasajes del códice, el verbo ‘coser’ se escribe chu-yu, es decir, chuy (Davoust 1997: 98-99; Schele y Grube 1997: 92-93), mientras que en maya yucateco es chuuy y en náhuatl es tzōtza, ‘coser’ o ‘hacer puntadas’. Las agujas para coser se llaman puhtz’ en maya jeroglífico (Stuart 2005: 25), púutz’ en maya yucateco y tzōtzopilli en náhuatl, aunque en esta última cultura también se podían usar las puntas, puyas o espinas más grandes de los magueyes: witztli.
A través de los métodos de la lingüística histórica, se han podido reconstruir términos relacionados con la industria textil en proto-mixe-zoque, idioma que usaron los antepasados directos de los olmecas, que dejó de existir antes de 1700 a.C. y que se hablaba en el sur de Veracruz, cerca del río Papaloapan, por ejemplo: *nawin, ‘henequén’ o ‘ixtle’; *tzay, ‘cuerda, soga’ o ‘mecate’; *piiˀti, ‘hilo’; *piiˀt, ‘hilar’; *taak, ‘tejer’; *suy, ‘coser’; *suyi, ‘camisa’; *yooˀt, ‘estregar lavando’ o ‘fabricando ropa’; *kum, ‘punzar con aguja’; y *noki, ‘amate’, usado para elaborar ropa (Davletshin y Velásquez García 2018: 225, 246, nota 2). Durante los periodos Posclásico (900-1521 d.C.), colonial (1521-1821) y hasta la actualidad, el arte textil normalmente fue y es en Mesoamérica una actividad de las mujeres. No obstante, malacates, punzones para separar hilos en la trama y agujas de coser han sido hallados tanto en ajuares funerarios femeninos como masculinos del periodo Clásico maya (250-900 d.C.), envueltos en bultos o paquetes especiales cuyos materiales de envoltura han desaparecido; e incluso se sospecha que algunos de los gobernantes mayas más beligerantes y guerreros gustaban del tejido usando agujas y/o punzones hechos con los huesos de sus enemigos (Helmke et al., 2024: 15-17). También se cree que algunas herramientas textiles halladas en los entierros eran reliquias que los occisos heredaron de sus antepasados. Entre los mismos mayas clásicos, había talleres textiles que estaban al servicio de las élites, se ubicaban adjuntos a las cortes y palacios y eran controlados por los gobernantes y/o sus esposas (ibid.: 15, 17).
Obras citadas
Davletshin, Albert y Erik Velásquez García, “Las lenguas de los olmecas y su sistema de escritura”, en María Teresa Uriarte Castañeda (ed.), Olmeca, México: Universidad Nacional Autónoma de México / Jaca Book (Serie Corpus Precolombino), 2018; pp. 219-243, 246-247.
Davoust, Michel, Un nouveau commentaire du Codex de Dresde. Codex hiéroglyphique maya du XIVe siècle, París: CNRS Editions, 1997.
Helmke, Christophe, Marc U. Zender, Jennifer T. Taschek y Joseph W. Ball, “The Inscribed Weaving Pins of Buenavista del Cayo, Belize”, The PARI Journal XXIV (4) (2024): 1-19.
Karttunen, Frances, An Analytical Dictionary of Nahuatl, Norman: University of Oklahoma, 1992.
Schele, Linda y Nikolai Grube, “The Dresden Codex”, en Linda Schele y Nikolai Grube, Notebook for the XXIst Maya Hieroglyphic Forum at Texas, pp. 89-245. Austin: The University of Texas at Austin, 1997.
Stuart, David S., “A Brief Introduction to Maya Writing”, en David S. Stuart, Sourcebook
for the 29th Maya Hieroglyphic Forum, pp. 2-109. Austin: The University of Texas at Austin, Department of Art and Art History, Maya Workshop Foundation, 2005.