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Indolandia indivisa y libre | Colección de Arte Contemporáneo | Museo Amparo, Puebla

Indolandia indivisa y libre

<
Período Siglo XX
Año c.a. 1940
Técnica

Gouache sobre cartón

Medidas 47   x 65  cm
Ubicación Bóveda. Colección de Arte Contemporáneo
No. registro 2000.ANRU.001

 

Una bandera ondea sobre un fondo indeterminado. Dividida horizontalmente a la mitad, hace una insinuación a los colores patrios con las franjas que la conforman: la superior verde y la inferior roja. Al centro, el escudo está formado por la imagen de un caballo blanco cuyas crines revolotean al capricho del viento, coronado por una estrella también blanca sobre su frente. El corcel levanta la pata derecha y la apoya sobre un gran sapo estrábico que permanece indolente ante el ataque. Del mástil que sostiene la bandera, pende también una enorme cinta azul que recuerda la heráldica renacentista con el lema que da título a la obra: “Indolandia Indivisa y Libre”.

 

Al levantarse el telón de boca, queda a la vista otro sobre el que está pintada la enseña nacional de Indolandia: consta de dos franjas horizontales, una verde y la otra roja. Sobre los colores de la bandera aparece el símbolo del país: un caballo blanco y brioso con la crin al viento, que levanta la pata delantera derecha contra un monstruoso sapo erguido sobre sus patas traseras como los animales sabios de las caricaturas cinematográficas a colores. Sobre la crin del caballo resplandece una gran estrella. Bajo la bandera, en un listón caprichosamente ondulante, puede leerse el lema que dice: “Indolandia Indivisa y Libre”.

El segundo telón se levanta sobre un salón completamente a oscuras, a tiempo que un reloj suena el campanillazo correspondiente al primer cuarto de hora. Un instante más tarde se escuchan voces fuera de escena…[1]

De esta manera inicia el libreto de la obra Un día de éstos… fantasía impolítica en tres actos, firmada en 1953 por el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli. La narración transcurre en un tiempo indeterminado: ayer, hoy o un día de estos, en la imaginaria nación de Indolandia, república latinoamericana de creciente importancia, y retrata el improbable mandato presidencial de José Gómez Urbina, un ninguneado burócrata de tercer rango que por un inesperado revés político se convierte en presidente luego del asesinato de su predecesor.

Usigli crea una contundente atmósfera masculina en la que los Secretarios de Estado junto a los dirigentes del Congreso, la Suprema Corte y el partido único se disputan el lugar del sucesor luego del magnicidio. Las estratagemas políticas y las aspiraciones personales dan el espaldarazo a Gómez Urbina, quien tendrá que enfrentarse al pago de la deuda externa y a la amenaza de la intervención del territorio indolandés por parte de su imperialista vecino Demolandia.

A partir de guiños a la historia y la política nacional, Un día de éstos cuestiona el presidencialismo, la burocracia, los partidos políticos, la sucesión presidencial, la lucha por la preservación de la soberanía y la crisis de los ideales revolucionarios en México, imaginando lo que acaso pasaría si un “ciudadano común” ocupara la presidencia del país. Publicada quince años después de su obra más mordaz, El gesticulador (1937), Usigli encontraba en esta fantasía impolítica no sólo una crítica a la política posrevolucionaria mexicana, sino una forma de pensar las realidades de América Latina:

 

No, la revolución se salva por sí sola, en eso no hay absolutamente ninguna intervención mía. Y justamente en el caso de Un día de éstos, lo que determina, al final, vuelve a ser el desgarriate –o sea el desorden en el que todos los miembros del gabinete creen que ellos pueden ser presidentes–. Y gracias al desgarriate hemos evitado el peligro de una dictadura como la de Hitler o la de Mussolini. De modo que en el desorden latinoamericano hay cierto sentido; si no de construcción, por lo menos de preservación.[2]

 

La obra se estrenó el 8 de enero de 1954 en el teatro Esperanza Iris bajo la dirección de Alfredo Gómez de la Vega, también cercano al pintor. Antonio Ruiz El Corcito participó diseñando, a partir de las prescripciones del libreto, el gran telón que mostraba el lábaro indolandés al inicio del primer acto. Usigli y Ruiz compartían una amistad muy sólida marcada, no sólo por su mutua participación en el Seminario de Cultura Mexicana, sino también por la colaboración reiterada entre el pintor y dramaturgo en el diseño escenográfico de obras como Los fugitivos (1950) o El gesticulador (1937). Usigli encontraba en la pintura de El Corcito “un temperamento puramente mexicano y de una técnica minuciosa, ardua, perfeccionista y justa hasta el pasmo”, que resaltaba por el rigor y el escrúpulo, y acusaba su experiencia como escenógrafo para teatro, cine y danza como un aspecto central en su mirada.[3]

Si bien en la obra de Ruiz la herencia escénica se hace patente en la creación de profundidad, la minucia en el retrato de los objetos y la arquitectura y la cuidada composición, en Indolandia Indivisa y Libre presenta una particularidad, pues El Corcito no recrea aquí un espacio escenográfico, sino que sigue las disposiciones del dramaturgo para diseñar la insignia de un pueblo imaginado. Usigli no es condescendiente en su crítica a la casta política y El Corcito traduce visualmente esos señalamientos de forma cómica a la vez que enigmática.

La excepcional lucha entre una rana y un corcel es el pretexto para remarcar las contradicciones que vivía México al promediar el siglo XX. Por un lado, sirve en la puesta en escena para señalar el espanto de la clase política encumbrada ante la posibilidad de la llegada de un presidente advenedizo, rara avis que ponía en riesgo sus privilegios y alteraba la genealogía política meticulosamente construida luego de la Revolución; por otro, el asombro de las grandes potencias ante la audacia antimperialista de una nación latinoamericana emergente, que acusaba los enquistados intereses y la vigilancia permanente, cernida sobre las pequeñas naciones.

El Corcito retoma las indicaciones del libreto, pero como se observa en ambas versiones de la obra, juega con las proporciones para enfatizar la monstruosa apariencia del sapo y la aparente vulnerabilidad del caballo blanco. Para hacer notar a la audiencia que se trata de un blasón, no colma el espacio pictórico, en cambio delinea a su alrededor los contornos en un espacio indefinido. El dibujo preparatorio muestra los ensayos para llegar a una posición que indica un enfrentamiento entre los animales, no así el dominio de uno sobre otro. A su vez destaca la selección cromática y las cualidades volumétricas de la cartela que adorna el estandarte y que, en la parte inferior, señala los atributos de Indolandia como patria figurada, esta recuerda a aquellas cintas rotuladas que pintó en el mural Ptolomeo y Copérnico: planisferio celeste de 1949.

Antonio Ruiz acompañó esta obra con algunos versos a los que tituló, Maestría:

 

En un papel cartoncillo

una arañita barbona,

genial, la muy socarrona

con su barba dibujó

un caballote asustado,

al ver que un sapo sentado

a su paso interfirió.

Cabriolando el caballito,

¡qué coces! al sapo dio

y terminar el jueguito

luego luego prefirió:

pues la arañita excitada

temiendo ser aplastada

ni siquiera terminó.

Corriendo la muy loca

su pincel metió en la boca

pero pronto se paró…

y temblando toditita

sobre el ojo se sentó

dejando negra gotita

que puso cuando acabó.

Corcito

Feb. 1954.[4]

Pese a que la obra de Usigli señalaba los pormenores en el diseño de la bandera, El Corcito se apropió y construyó un relato en torno a su propio proceso de creación, convirtiéndolo así en una narración que reinterpreta las propuestas críticas del texto. Por su parte, el dramaturgo se mostró complacido y subrayó la astucia con la que Ruiz lograba construir sus anécdotas y el delicado sentido humorístico que invoca su obra. Luego de la muerte del pintor, Usigli se congratulaba del resultado de su colaboración:

 

No tengo cuadro alguno de Ruiz, felizmente presentes muchos en los museos de Arte Moderno de Nueva York, de Filadelfia y de México, y exhibidos en tantas ciudades del mundo; pero en mi casa miro y admiro diariamente el hermoso caballo blanco con una estrella refulgente sobre las crines, que aplasta alegremente a un sapo monstruoso: es el telón que me hizo para Un Día de Éstos..., fantasía impolítica: el escudo de Indolandia Indivisa y Libre, país al que él amaba tanto como yo.[5]

 

El amor al terruño compartido no fue condescendiente y, por el contrario, fue el pretexto para que ambos, pintor y escritor, compartieran su mirada crítica respecto a la realidad mexicana, encarnada en la imaginaria patria de Indolandia. En Un día de éstos, la emotiva esperanza y el entusiasmo que despierta entre la ciudadanía la llegada de un presidente sin lealtades ni antecedentes partidistas aparentes no es sino un paréntesis en el habitual “desgarriate” político. La obra concluye con los miembros del gabinete, nuevamente, disputándose la silla presidencial, mientras que nuestro protagonista ingresa al mítico panteón de los héroes trágicos de ¿Indolandia?

[1] Rodolfo Usigli, “Un día de éstos… fantasía impolítica en tres actos”, en Rodolfo Usigli, Teatro Completo, vol. II (México: Fondo de Cultura Económica, 1966), 461.

[2] Roberto Rodríguez, “Vida y teatro de Rodolfo Usigli. 3 conversaciones”, Tramoya, 13 (1987): 58.

[3] Rodolfo Usigli, “Testimonio y figura de Antonio Ruiz” en Exposición homenaje Antonio M. Ruiz (México: Museo del Palacio de Bellas Artes, 1966).

[4] Luisa Barrios, “Antonio Ruiz El Corcito”, en Antonio Ruiz “El Corcito” (México: Fideicomiso Museo Dolores Olmedo Patiño, 2009), 45.

[5] Rodolfo Usigli, “Testimonio y figura de Antonio Ruiz” en Exposición homenaje Antonio M. Ruiz (México: Museo del Palacio de Bellas Artes, 1966).

 

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Puebla, Pue., México 72000

Tel +52 (222) 229 3850

Abierto de miércoles a lunes de

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