Esta vasija de la Colección está manufacturada mediante la técnica de modelado, teniendo como materia prima la arcilla. En la forma predomina la línea curva, lo que evidencia su condición de silueta compuesta. El cuello es recto y el borde redondeado. Pese a tener un faltante, es posible precisar que se sostenía por tres apoyos zoomorfos (cánidos). Ostenta engobe en gran parte de la pieza del mismo tono que la pasta (naranja), el cual se pulió de manera homogénea que dejó como resultado un acabado de superficie fino.
Lo más llamativo del cajete trípode son las aplicaciones que posee, que expone uno de los principios artísticos más frecuentes del arte mesoamericano: el “horror vacui”. Dicha intención de llenar los vacíos, se pude admirar desde el Preclásico medio (1200-400 a.C.), hasta el arribo de los ibéricos en el siglo XVI.
El cuerpo del cajete se divide en dos escenas, en la trasera se advierte la cabeza esquematizada de una serpiente de perfil con las fauces abiertas y con el maxilar curveado del que emergen tres colmillos pronunciados y una lengua bífida que se entrelaza con una flor. Cabe señalar que el ofidio tiene un conjunto de plumas localizadas en la sección posterior de la testa, lo que indica su vínculo terrestre.
Al verla de frente, el reptil pierde protagonismo y es representado frontalmente, dando paso a un rostro antropomorfo ricamente ataviado con una tiara de chalchihuites y lo que sugiere ser los atributos de una entidad acuática.
Junto con la cabeza brotan sus brazos esquematizados, señal de que el personaje emerge al plano terrestre desde un espacio liminal, el cual parece estar dentro de una zona de bruma, nubes o humo que se representan por las “asas” polilobuladas que le delimitan.