Se trata de una vasija globular en buen estado de conservación, pese a tener un faltante. La olla está elaborada mediante la técnica de modelado conformada en tres secciones que son el cuerpo bajo, alto y el borde. Con excepción de las asas, el resto cuenta con un engobe del mismo color que la pasta, con un pulimiento exterior homogéneo como acabado. La presencia de sutiles estrías a lo largo de la pieza, evidencia la dirección horizontal con la que los alfareros afinaron la superficie.
La base plana permite que el recipiente pueda sostenerse y la ausencia de manchas de hollín indica que no fue colocado en espacios de combustión, por lo que sería una olla contendora de líquidos y no usada en el fogón. Aunque el borde no está completo, es posible distinguir su forma y detalles como son sus paredes recto divergentes, así como su borde redondeado.
En la sección superior del cuerpo se observan tres aplicaciones, dos corresponden a asas simples cilíndricas dispuestas horizontalmente. Mientras que el elemento central se acomoda transversalmente, se trata de un tubo hueco que sobresale significativamente del conjunto. Se trata de una vertedera, instrumento cuya función es la servir líquidos con precisión, evitando cualquier tipo de derrame o goteo. Dicho dispositivo se ha registrado tanto en la península ibérica, como en Mesoamérica lo que indica una convergencia funcional en ambos mundos.
El choque cultural que se generó a principios del siglo XVI, trajo consigo una serie de modificaciones tajantes en muchos aspectos tanto en el plano social europeo, como americano. No obstante, algunos rasgos continuaron intactos y otros más se adaptaron al nuevo modelo, muestra de ello es esta olla de la Colección del Museo, pues en ella se advierten materiales y técnicas de tradición indígena, pero con aplicaciones y usos más afines a la lógica peninsular.