Se trata de un idiófono, un instrumento sonoro cerámico que ha perdido parte de su composición original.
La identifico como un cascabel de cerámica, que ha perdido el aro de suspensión. El cascabel es un idiófono o instrumento de percusión que, de modo primario, produce el sonido por la vibración del propio cuerpo, sin el uso de cuerdas, membranas o columnas de aire. Este cascabel es una semiesfera hueca con abertura de resonancia en forma de cruz; seguramente conserva en su interior una piedrita redonda que funciona como su percutor interno, por medio de sacudimiento. Su sonoridad se incrementa al chocar con otros cascabeles.
Alejando Néstor Méndez Rojas y Ángel Agustín Pimentel Díaz analizan ampliamente los cascabeles en su tesis de arqueología titulada “Tipología de los instrumentos musicales y artefactos sonoros arqueológicos de Mesoamérica y el Norte de México” (2010); los distinguen de la sonaja en cuanto que ésta contiene más de un percutor interno y por lo general está cerrada o tiene pequeñas perforaciones. También consideran cascabeles a los objetos de materias naturales, como conchas de caracoles, pezuñas de venado, capullos de mariposa, semillas con cáscaras duras y trozos de carrizo, que al unirse en sartales chocan entre sí y producen el sonido. Dado su carácter perecedero, los testimonios mesoamericanos de estos objetos son principalmente sus representaciones plásticas, entre ellas, algunas de las esculturas cerámicas femeninas del sitio El Zapotal, en el centro sur de Veracruz, conocidas como “Cihuateteo”, que llevan sartales de conchas en las muñecas y la cintura. A partir del Posclásico (desde el año 900 d.C.) los cascabeles con percutor interno además se elaboraron de modo profuso en metal; de éstos, así como de los cerámicos, existen abundantes vestigios directos.
Junto con el imaginario precolombino, las fuentes coloniales y evidencias etnográficas, muestran que tales instrumentos sonoros formaban parte importante de los atavíos de danzantes, ya sea en tocados, collares, cinturones, pulseras y ajorcas; asimismo, se cosían en las prendas de vestir. Otro uso fue en la arquitectura; con base una crónica de los primeros años del siglo XVII, Méndez y Pimentel refieren que en los vanos de puertas de ventanas se colgaban esteras de carrizo, a las que se les colgaban cascabeles para anunciar la entrada y salida de las personas.