Entre otros rasgos de la figura, su atractiva modificación dental con horadaciones y pintura negra, la inscribe plenamente en el arte de la región mesoamericana llamada Costa del Golfo de México.
En términos más específicos, estamos ante una obra del centro-sur de Veracruz, una zona que se encuentra entre las cuencas de los ríos Actopan y Papaloapan, desde la vertiente sur de la Sierra de Chiconquiaco y las faldas de la Sierra Madre Oriental. Uno de sus sitios clave —en el densamente poblado sector semiárido central veracruzano— es Remojadas, en la ribera del Jamapa, municipio de Soledad de Doblado.
En Remojadas, el arqueólogo Alfonso Medellín Zenil definió en la década de 1950 dos antiguas fases de desarrollo: una Protoclásica, en la cual se inscribe la obra que analizamos en el presente estudio, y la siguiente en el Clásico, periodo en el que se crearon las famosas imágenes con rostros sonrientes, emblemáticas de la plástica precolombina de Veracruz. En cuanto a los contextos del arte escultórico cerámico de las dos fases, Medellín Zenil registró basamentos piramidales y construcciones habitacionales de diferentes jerarquías sociales, con ofrendas de objetos y materiales diversos, entre los que encontraban imágenes que representan humanos, ya sea como obras completas o cabezas exentas de sus cuerpos.
Respecto a las figuras de la fase temprana, Medellín Zenil distingue que tienen extremidades “rudimentarias” y posiciones rígidas e inexpresivas. Nuestra pieza de la colección del Museo Amparo pertenece al subgrupo que este autor denomina “Ídolos huecos” y de los que resalta su gran tamaño, los tocados elaborados, el decorado con pintura de chapopote y los dientes teñidos de negro.
Dentro del repertorio de imágenes del protoclásico veracruzano no es posible definir si el torso largo y delgado de la obra que vemos es femenina o masculina, pues en figuras de los dos géneros se resaltan los pezones o senos con volúmenes mínimos; asimismo, ambos comparten la postura sedente con las piernas entrecruzadas; además, en las mujeres no se ensancha la cadera y suelen carecer de indumentaria, en particular de la falda o el enredo que caracterizan el vestuario femenino.
En cambio, sí podemos afirmar que es una obra modelada con magistral delicadeza. Vista de perfil es notable el aplanamiento posterior de la cabeza que indica modelado craneal tabular erecto; en los parietales y la parte frontal hay perforaciones. Estos tres orificios y el del ombligo evitaron que la pieza hueca estallara durante la cocción. La perforación en el ombligo además de funcional es figurativa.
Su cabellera se ve como un gorro corto y liso, excepto por los abultamientos, acaso a la manera de mechones, que rodean las tres perforaciones mencionadas; otro adorno son las orejeras circulares. Las cejas, los parpados e iris destacan en suaves relieves, con las pupilas punzonadas; la nariz corta y fina tiene perfil aguileño; en la boca entreabierta se sugieren labios delgados; las manos y los pies son de tamaño pequeño, con los dedos sugeridos. El énfasis en los detalles está puesto en la parte delantera de la figura, no obstante, con intencionalidad naturalista en la espalda resaltan los omóplatos y las nalgas redondeadas.
La boca se entreabre para ostentar un atributo principal del personaje: sus dientes pintados de negro y cada uno —son cuatro— con una pequeña horadación que tal vez alojó una incrustación. La mutilación y el ennegrecimiento dentario son distintivos de las culturas de la región Costa del Golfo de México desde el Preclásico tardío hasta el Posclásico, tal como lo atestiguan restos humanos registrados por Medellín Zenil, Román Piña Chan y Javier Romero, entre otros investigadores. Asimismo, existen abundantes representaciones pictóricas, escultóricas y en relieve.
Nuestra imagen manifiesta la importancia identitaria y ritual de tales prácticas milenarias, en las que resulta oportuno considerar que están implícitos cánones de belleza, jerarquía, condición social y sacralidad. Además de la dentadura, en diversas imágenes escultóricas del Centro-Sur de Veracruz se tiñeron de un negro muy oscuro algunas partes del cuerpo y del atavío; claramente se trata de pintura poscocción y lo común es señalar que se trata de chapopote.
Desde la antropología física, Carmen Ma. Pijoan Aguadé, Josefina Mansilla, Ilán Leboreiro y Pedro Bosch comprobaron tal uso de dicha sustancia asfáltica. En el artículo Color negro en dientes de Tlatelolco, D.F.: su caracterización, publicado en 2004, plantean la abundancia del material en las playas del Golfo de México, luego de ser arrojado desde el mar en forma de trozos. A partir del análisis de varios cráneos y mandíbulas con los dientes pintados de negro, que fueron localizados en un osario datado en la primera mitad del siglo XV y cercano al recinto sagrado del Templo Mayor de Tlatelolco, en la Ciudad de México, dichos investigadores concluyeron que la pigmentación fue realizada en vida, debido a que en la mayoría de las piezas dentales el pigmento mostró desgaste. El osario consistió en un impresionante depósito ritual de más de 150 individuos que fueron sacrificados ritualmente; una gran parte de ellos tenía los dientes ennegrecidos, lo que les permitió conjeturar que eran cautivos procedentes de la región de la Costa del Golfo de México, apresados durante las campañas imperialistas de la sociedad mexica.
Entre las fuentes del siglo XVI, la magna obra encabezada por fray Bernardino de Sahagún registra los rasgos estereotípicos con que los nahuas del Centro de México se referían a la gente de esas latitudes: Los defectos de los guastecos son [que] aguzaban sus dientes a posta, y las teñían de negro colores. El enlace entre la imagen escultórica que vemos y esta cita extraída por dichos autores, atestigua la antigüedad y relevancia del arreglo dentario entre las sociedades del oriente de Mesoamérica.