Para el observador, un trozo de piedra grabada, el perfil de una moldura, el dibujo de unos pocos trazos, una sola letra de un escrito, con frecuencia poseen la cualidad de la obra completa y pueden ser fechados con precisión; ante los fragmentos se tiene la convicción de captar la totalidad original. Tomo esta cita del libro Estilo, de Meyer Schapiro (1962, p. 22), un agudo historiador del arte que teorizó acerca de esta categoría de análisis inherente a la Historia del Arte. La pieza a la que se dedica el estudio valida dicha afirmación. La percepción de totalidad que advierto no se sustenta en un solo rasgo, como sus llamativos ojos resaltados y lisos, sino en el conjunto de rasgos que presenta.
Es una obra escultórica cerámica de pequeño formato, modelada, con detalles sobrepuestos al pastillaje y pulida. Plasma una cabeza humana con formas y proporciones naturalistas, de fina fisonomía con nariz recta —con fosas nasales marcadas— y boca entreabierta con labios delgados; las mejillas están aplanadas; no tiene cejas y los ojos son como pastillas ovoides. El cabello corto y liso en volumen, con las puntas en línea recta a los lados y atrás; su joyería en las orejas son formas discales. En la vista de perfil se aprecia una notable modificación craneal en la variante tabular erecta.
La descripción es afín al estilo Tuxcacuesco-Ortices y en particular a su subtipo llamado inicialmente “cara de plato” por Isabel Kelly en su libro The archaelogy of the Autlán-Tuxcacuesxco area of Jalisco (1949), y después denominado “ojo de plato” por Otto Schöndube en El pasado de tres pueblos: Tamazula, Tuxpan y Zapotlan, libro emanado de la tesis en arqueología que defendió en 1974.
El Tuxcacuesco-Ortices es una de las múltiples modalidades estilísticas asociadas con determinados sectores del extenso territorio habitado por la cultura de las tumbas de tiro, una de las más importantes de Mesoamérica en su región occidental, cuya temporalidad se fecha aproximadamente desde el 300 antes de la era común hasta el año 600. Sus variados vestigios se han registrado desde la sección meridional de la Sierra Madre Occidental hasta la costa colimense; abarcan el sur de Zacatecas y de Sinaloa, Nayarit, Jalisco, Colima y zonas colindantes de Michoacán.
El nombre dado a esta sociedad deriva de un tipo peculiar de arquitectura funeraria subterránea, con ingresos verticales o “tiros” que conducen a las cámaras abovedadas en las que se depositaban a los difuntos acompañados de ofrendas diversas, entre las que destaca el arte cerámico en la forma de esculturas, vasijas, ornamentos e instrumentos musicales. La orientación naturalista es característica de sus obras escultóricas; son objetos multifuncionales; en lo iconográfico privilegiaron la figuración humana con una profusión de identidades, que más allá de lo inmediato, dio forma a conceptos sobrenaturales y ritualidad, al igual que a entidades míticas y divinas.
Tuxcacuesco y Ortices son los nombres de dos poblaciones cercanas de Jalisco y Colima respectivamente; la primera se halla al noroeste del volcán de Colima y la segunda en el valle de Colima. Como estilo artístico, es uno de los más sobresalientes de la sociedad que abordamos, debido a su amplia distribución, variabilidad interna en numerosos subtipos y extenso periodo de producción, que al parecer se extiende a lo largo de toda la temporalidad de la cultura de las tumbas de tiro. Su conocimiento se fundamenta en las investigaciones pioneras de la antropóloga Isabel Kelly en la década de 1940; la denominación que ella dio al estilo conjunta la de dos sitios en donde efectuó labores de campo, las cuales incluyeron algunas excavaciones y recolección de piezas completas o fracturadas en posesión de los pobladores locales. El estilo Tuxcacuesco-Ortices se identifica en esculturas sólidas, a diferencia de otros estilos modelados tanto en volúmenes huecos como compactos.
Sobre el subtipo “cara de plato”, Kelly distingue la cabeza elongada, cara cóncava, con mentón prominente; los ojos en la forma de aplicaciones grandes, redondeadas y lisas, sin punzonado o ranura; la boca igualmente es una aplicación en pastillaje o una ranura horizontal pequeña, como en el caso de nuestra cabeza fracturada. La propuesta de Schöndube del tipo “ojo de plato” refiere obras similares y puntualiza que tal apariencia peculiar corresponde a los ojos, no a toda la cara. En 1978 este ojo es llamado “ciego” por Carolyn Baus Reed Czitrom en Figurillas sólidas de estilo Colima: una tipología (1978).
En la colección de arte del México antiguo custodiada por el Museo Amparo, la obra con el registro 1107 ostenta el mismo subtipo del Tuxcacuesco-Ortices y permite apreciar una figura completa: es una mujer de pie, que apoya sus manos sobre el abdomen plano y viste un enredo decorado.
Acerca de estos sugestivos ojos lisos y abultados, sin punzonado, ranura o pintura que sugieran párpados, globos oculares o pupilas, resulta intrigante si la intención de sus artífices consistió en plasmar ojos cerrados, acaso de individuos muertos, según los cánones del arte mesoamericano. Posiblemente es un gesto estilístico de los ceramistas escultores de los talleres de las zonas jaliscienses de Tuxcacuesco y Autlán, que evidencia las diversas soluciones formales y técnicas empleadas para plasmar la anatomía humana.