Retrato de la señora Amparo Rugarcía de Espinosa

28 de noviembre de 2018. 10:32 h

Actualmente se encuentra exhibido en el Salón Mexicano de las Salas de Arte Virreinal y Siglo XIX el retrato de la señora Amparo Rugarcía de Espinosa, realizado por Diego Rivera. La señora Amparo, a quien en honor de su memoria se dedicó la fundación del Museo Amparo, posó para el artista en 1952.

La modelo, sentada sobre una tela morada y acompañada de alcatraces, inclina levemente su rostro, esbozando una sonrisa. Luce un vestido negro y joyas aderezadas con perlas. Su aristocrática imagen se complementa con un magnífico rebozo color magenta anudado que descansa sobre su regazo. La relación complementaria entre el verde y amarillo (del fondo y las flores) y la gama de rojos (telas, uñas y labios) añaden armonía a una obra que demuestra un sólido equilibrio compositivo, afianzado por diagonales que convergen a la altura de las manos de doña Amparo.

La mujer fue un tema fundamental en la concepción artística de Diego Rivera. Un buen número de las mujeres que habitan su obra pública son potencias creadoras, inspiradoras de vida. En el ámbito privado, las mujeres que retrató también proyectan energía vital, de ahí que muchas se acompañen de flores, frutos o bien muestren su sensualidad a través de su cuerpo.

Los alcatraces que flanquean a la señora Amparo Rugarcía -esposa del empresario y banquero don Manuel Espinosa Yglesias- replican el porte distinguido de la modelo, su belleza y vitalidad. Estas flores constituyen un motivo recurrente en la obra de caballete de Diego Rivera. Las pintó por primera vez en 1925, en el célebre cuadro Festival de las flores, y continuó recreándolas durante las décadas subsecuentes, especialmente a partir de los años cuarenta, bien representando a vendedoras de flores en distintas variaciones sobre el tema; bien usándolas como recurso formal en retratos, como el de Natasha Gelman (1943) y el de Enriqueta Dávila (1949) o el Desnudo con alcatraces (1944).

En el retrato de la señora Amparo se produce una tensión significativa entre la sobria elegancia de su atuendo y el soberbio rebozo: expresa sutilmente la dialéctica entre modernidad y tradición que caracterizó a la cultura mexicana posrevolucionaria. Para la década de los años cincuenta, Diego Rivera era un artista consagrado cuyo “estilo nacional” se fincaba tanto en la modernidad cosmopolita como en la tradición autóctona.

En la época en que pintó el retrato analizado, trabajaba en proyectos donde interpretaba técnicas y temáticas de la antigüedad indígena con un sentido moderno, como es el caso de la fuente de Tláloc en el Bosque de Chapultepec y el mosaico mural que realizó en el muro exterior del estadio olímpico de Ciudad Universitaria.

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